Aquella mañana, Fernando de Castro y Salamandra, hijo tercero de Julián de Castro y Martina Salamandra, se escondió en los aseos del colegio y retiró el papel de plata hasta desnudar el bocadillo, cuya carne, superviviente del congelador, adolecía la textura correosa de un espárrago. Fernando destapó el contenido del pan mientras oraba a sus dioses infantiles, quienes no le agraciaron con chorizo ni panceta, ni queso ni salami, sino que lo condenaron – ¡Oh, míseros dioses infantiles! – a la agonía de un chorreón de aceite de girasol, que destelló amarillo bajo el foco halógeno del cuarto de baño.
¡Vida miserable!, se lamentó Fernandito, temeroso de las burlas de sus amigos, que espiaban el corazón de los almuerzos ajenos, que olfateaban los envoltorios, y que reían la ausencia de fiambre, o la abundancia, o las extrañas mixturas con las que algunos padres descuidados rellenaban el pan de sus hijos. Él mismo había acogotado a Paco El Mantecas por demérito materno en una aberración de queso gouda, paté de hígado de cerdo y mantequilla. Igualmente hirientes las carcajadas que estremecieron a la pobre Julia por un goteante sándwich de sardinas, pródigo en tomate artificial y aceites, que se desmoronó al primer bocado, impregnándole el vestido de un lodo apestoso que la acompañó hasta el final de la jornada.
Aceite – ¡de girasol! – en pan descongelado era una pifia amarga, un placebo alimentario, motivo de escarnio colectivo, más aún cuando ocurría por tercera vez en la semana, como si los astros, o los dioses infantiles, hubieran señalado con óleo lunes, miércoles y viernes. Por suerte, Fernandito se había precavido de sus compañeros, y en la soledad del retrete, mordisqueó los flancos del condumio, empachándose de esas migas esponjadas, luminiscentes, que tragaba con esfuerzo, salivando mucho; hasta que escuchó un lamento, una suerte de llantina silenciosa, entrecortada de hipidos. Acercó la oreja a la mampara divisoria. En el váter contiguo gimoteaba un niño; pronunciaba algunas palabras, que repetía entre dientes, con la boca llena. Al rato descifró la letanía: Otra vez no, otra vez no. No más mortadela con aceitunas.
En casa, Fernandito observó como su padre deglutía los macarrones con atún y tomate – rito de iniciación al fin de semana, plato de índole cuaresmal – mientras miraba la televisión, donde un hombre señalaba una gráfica cuyos valores se despeñaban en picado. Julián, como todo padre benévolo, le devolvió la mirada, y aún masticando la pasta, le preguntó: ¿Qué te pasa? ¿Por qué me miras tanto? A lo que el niño no respondió, sino que viró su cabeza hacia la madre, ojerosa Martina: Mamá, ¿por qué ahora solo pones aceite en los bocatas? Tanto Julián como Martina, esforzados trabajadores de clase media baja, agacharon la cabeza, como si cedieran la respuesta al otro; suerte que el hombre de la televisión, cuya relevancia, hasta el momento, era análoga a la de cualquier busto parlante, sentenció su reportaje sentenciando que Es culpa de la crisis; la crisis que todos sufrimos. Así, Fernandito de Castro y Salamandra, inició su cruzada contra los mediodías insípidos.
Empleó el fin de semana en el estudio de los alimentos. En la biblioteca municipal, halló un libro sobre trofología, esto es, sobre la combinación de proteínas, hidratos de carbono, lípidos y constelaciones; y también se ilustró con El Pentateuco Gastronómico Sobre La Compatibilidad de Sabores. Elaboró un catálogo donde especificaba la tipología de panes disponibles, desde la baguette hasta el integral, y las ventajas e inconvenientes de cada clase. En otro inventario, recogió las preferencias de sus amigos, el bocadillo más común: salami, y el más raro: jamón con tomate. Incluso convenció a Marcos y a Inés para que se enrolaran en su proyecto. El lunes siguiente, en clase de matemáticas, Fernando de Castro y Salamandra observó a sus compañeros, todos ellos entretenidos con los surcos del compás, con la fisionomía galáctica de la escuadra y el cartabón. Calculó los posibles gramos de jamón por niño, los kilos de pan, las decenas de cortezas restadas a los moldes, los litros de zumo y, en un ejercicio de genialidad, hasta la media de calorías necesarias según sexo, talla y peso. No obstante, el profesor le arrancó de las manos sus esquemas y los rompió en mil pedazos: ¡Lo de pintar muñequitos en tu casa!
Cuando el timbre instó a los escolares a disfrutar del recreo, Fernandito trepó su pupitre, y esgrimiendo su porción de baguette disfrazada de plata, se dirigió a la clase con pose cesárea: Os ofrezco la posibilidad de un almuerzo mejor, un almuerzo sin rutina; un almuerzo imaginativo, de todos y para todos; un almuerzo libre, donde cada uno escoja los ingredientes según sus apetencias. Seguidme y triunfaremos. Y así, tras la arenga, como si hubieran aguardado ese momento durante toda su infancia, le siguieron, le siguieron todos y cada uno de sus compañeros, y al pasar las otras aulas, muchos niños curiosos preguntaron, y como respuesta recibieron la buena nueva de un líder mesiánico, capaz de desafiar la mezquindad y astenia de los bocatas modernos. Le siguió la multitud triunfal: chavales gordos, flacos, altos y bajos, rubicundos, granujientos, chavales de todas las edades que desembocaron en el patio, en un banco donde Fernando dispuso unos platos de plástico. Confluyeron sobre ellos embutidos y mantecas, y frutas, y quesos y hortalizas; toda suerte de quintaesencias para las papilas gustativas que Inés y Marcos desmarañaban mientras el chef, el de Castro y Salamandra, combinaba según había leído en los manuales de la biblioteca. Comenzó el reparto con un bocadillo de melva, requesón viejo y chorizo, que desató el furor de Mariano, el beneficiario. Luego, continuó con uno de lomo, jamón y pimiento. Le siguió una serie de bocadillos de aceitunas – extirpadas de la mortadela – y queso que animaron a los mellizos y a Carlitos Estepa. Conforme se arrimaban nuevos clientes, surgían obras de diseño, a cada cual más original y suculenta. El malo de Isidoro y Ginés el Ganso, dos abusones de muy mala baba, contribuyeron a la causa estableciendo a mamporros dos hileras de niños hambrientos. Los profesores oteaban desde la lejanía el tumulto sin atreverse a participar, como temerosos de una revolución infantil, hasta que García, el de gimnasia, reconoció que su rebanada de pan cubierta de chóped no le saciaría el hambre, por lo que animó a sus colegas del claustro. Pronto el banco congregó a todo el colegio. Repartieron las funciones según habilidades, y hasta la vieja cocinera plasmó su sabiduría en los nuevos emparedados; por orden del director, conserjería aportó algunas materias primas del comedor para sazonar los panes, y el recreo abarcó las horas lectivas de lengua e historia.
De esta manera, Fernando de Castro y Salamandra inauguró la Fiesta Gastronómica Anual del Colegio Álvar Núñez Cabeza de Vaca, que se ha convertido en un referente de la cocina infantil. Hasta allí se han desplazado en las tres primeras ediciones afamados cocineros de todo el país, personalidades del mundo de la hostelería e incluso nutricionistas y expertos en pediatría. Cuando los periodistas preguntaron al niño qué había motivado esta idea contestó: Odio el aceite de girasol.