jueves, 4 de agosto de 2011

106- Las dos ventanas de la comida

Hacía mucho frío, tanto, que me quedé echa un cubito de hielo; metafóricamente hablando.  Me decidí ir a ver si entraba en calor, pero una barrera endemoniada me cortaba el paso, era una especie de plástico, pataleé con todas mis fuerzas, pero por más que lo intentaba mi esfuerzo era en vano. Todo estaba oscuro y eso me asustaba. Había mas como yo, pataleando sin rumbo alguno, gritando socorro y completamente desesperadas. De repente una puerta delante de nosotras se abre y una lucecita amarilla se encendió sobre nuestras cabezas. Podíamos ver a un hombre enorme, gordo, feo y calvo. Llevaba la barba muy larga; ya casi se empezaba a parecer al mago de Merlín. Se relamía con la lengua; era desagradable.
-         Comida, comida, comida, dijo relamiéndose de nuevo.
Podía ver sus dientes, asquerosos y casi con sarro, se los podía lavar de vez en cuando pensé yo... A mi lado había muchos más alimentos, pero no los conocía  a todos. Había pizzas, hamburguesas, una montaña de chocolate y comidas precalentadas por todas partes. El hombre rebuscaba de arriba abajo algo para comer; susurraba y babeaba diciendo:
-         Dulce, dulce, dulce,… no sabía quién era el que hablaba; él, o su enorme estomago.
Me llamó mucho la atención la camiseta que llevaba, era la típica vieja, blanca y algo arrugada; llevaba un hombrecillo impreso que vestía una gorra  y un peto verde, era  Luigi, el famoso compañero de Mario Bros. Nuestro amigo el calvito necesitaba un mote y Gordilui me parecía de lo más original.
Esperaba con ansia que me sacara de allí; de todas formas no tardaría en hacerlo ya que llevaba allí más de tres días y ya me iba aponer mala. Cuando Gordilui me compró en el supermercado dijo que ya era hora de ponerse a hacer una dieta equilibrada y yo nada más verle aquel día compartía su misma opinión.
-         ¿Harás  el coctel de frutas? – Dijo una voz femenina.
-         No creo; las frutas ya están pochas; las tiraré y empezaré la dieta otro año – añadió Gordilui.
-         ¿pocha? ¡¿POCHA?!, yo no estoy pocha… - le dije muy enfadada.
Cerró la puerta de la nevera, y decidí que tenía que salir de allí; a duras penas, conseguí; tras mucho esfuerzo, hacer una ranura en aquel plástico, gracias a mi puntiagudo pelo. Conseguí salir de aquel infierno; y con una sonrisa en la boca y lo brazos bien altos dije: LIBERTAD  
Baje el primer escalón de la nevera, e intenté abrir la puerta con todas mis fuerzas, Pero no lo conseguí. Me ayudaron muchos alimentos, me advirtieron que no sería nada bueno salir de allí, pero estaba congelada y aburrida, me gustaba ver mundo y vivir aventuras. 
Abrimos la puerta de la nevera y me dispuse a salir. La cocina estaba echa un asco, suponía que en esa casa; por no decir pocilga, la palabra escoba no estaba reconocida. Había tozos de nueces tirados por el suelo, cacahuetes, otros frutos secos; pero sobre todo había tomate y trozos de lechuga.
Cogí una cascara de nuez, y me la puse en la cabeza como casco, me quedaba preciosa con mi pelo verde,  atrapé un trocito de lechuga, me la até al cuello y ya estaba lista para todos los obstáculos que me pusiera la vida. Crucé la cocina, y entré en el salón, Gordilui estaba sentado en el sofá. Tenía un bol de palomitas XXL encima de la mesa. A su lado, estaba una mujer sentada, a los dos les absorbía la pantalla de la tele, seguramente, sus dos gordos culos estarían cuadrados al igual que el sofá. Vi una ventana abierta al fondo del salón, lo crucé con suma delicadeza y no se percataron de mi presencia.
Cuando estaba justo al lado de la ventana me pregunté si merecía la pena saltar desde allí, exactamente, desde un cuarto. Miré hacia abajo, había un contenedor repleto de panes de hamburguesa; mi salvación, pensé. Me tiré sin pensármelo dos veces, una oportunidad como esta sólo se tenía una vez. Caí sobre blando aunque me destrocé un poco el trasero. Me levanté como pude, me puse de pié y fui botando sobre los panes para salir de allí. Encima del contenedor había dos ventanas, me  aproxime a una de ellas para observar otras formas de vida, mejores que las de Gordilui; (o eso esperaba) pero sólo vi multitud de grandes personas que se metían para el cuerpo miles y millones de calorías, comiendo hamburguesas, triples y dobles. Sólo se veía la cocina de aquella tienda y lo que vieron mis ojos era el caos. Había patatas fritas aceitosas, miles y miles de grasas animales, acompañadas con algo de verdura, como tomates, cebolla o lechuga que sólo estaba allí para aparentar un mejor aspecto saludable a aquella sebosa comida. Yo no discutía con nadie en absoluto que aquellos alimentos no estuviera de lujo pero afectaba gravemente a la salud, no podían alimentarse de aquella comida; si hubieran estado en el huerto donde me crié habrían aprendido las funciones y los objetivos de cada una. La mía como buena vitamina, era dar al cuerpo humano hidratos de carbono, mucha vitamina C y ácido orgánico, que ayuda al funcionamiento del aparato digestivo de los humanos.
Volvía sobre mis pasos a sentarme justo donde había caído. ¿Y si tenía razón Gordilui? ¿Y si ya estaba pocha y ya no había esperanza? Recordé las lecciones que me habían dado en el huerto, nunca des nada por perdido; asique me acerqué a la otra ventana ya sin esperanza para ver mis últimas imágenes antes de que me echara a llorar.
Levanté la cabeza y leí un cartel: comida sana, vida sana; todo vegetal nada animal. Me alegré tanto de ver que alguien compartía los mismos pensamientos que yo... La ventana tenía una pequeña ranura abierta, intenté levantarla. Esperaba ver comida sana, verdura… Era como yo lo imaginaba, ya podía morir en paz. Entré en la cocina, estaban preparando un delicioso plato con frutas del bosque, algo de nata montada y un poco de canela, el cocinero se despistó, y pensé que ese era mi momento de gloria. Me quite el casco y la capa; ya no los iba a necesitar. Corrí hasta el postre, trepé por la copa hasta llegar a la cima, no podía estar más cansada, por lo que me dejé caer sobre una dulce, blanca y blandita amiga, que seguro, me conduciría hasta mi objetivo. Había aprendido una gran lección, hay gente de todos los tipos, grandes, pequeños… todos podemos elegir a dónde queremos ir y que queremos hacer con nuestra vida, cada uno hace lo que cree que es más correcto algunos se equivocan de camino; hay gente que intentan cambiar el mundo y hacen que el universo sea un poquito más humano; porque cada uno tiene sus sitio. Y el mío estaba allí. Porque… ¿Dónde iba a estar mejor; una fresita llamada Merengue que la encanta vivir y que sin motivo alguno es capaz de SONREIR?

105- Sabor a mar por Sigfrido

Le puso un hilito de aceite de ajonjolí a la sartén y no bien hubo salteado las láminas de raíz de loto y las setas se fue a sentar en el taburete que tenían en la entrada para bloquear la puerta de la cocina. Llevaba así varias semanas. Los mareos no le dejaban terminar los platos y desde hacía algún tiempo ni siquiera empezarlos.
Su mujer había tenido que convercerle para que se hiciera las pruebas. Como no quiso cerrar el restaurante fue un martes, el día de descanso semanal a la consulta de Daniel, médico y su mejor amigo desde la infancia. Le daba pavor pensar que  pasara un crítico gastronómico y no estar al mando del timón. Pronto tendría que deshacerse de esa superstición.
El díagnóstico fue como un plato de sopa fría en invierno. Cáncer. Tenía cáncer de lengua.
Como una profecía autocumplida empezó a notar aceleradamente los síntomas fatídicos de la enfermedad. Iba perdiendo inexorablemente cada una de las briznas del sabor. Una vez lo salado. Así le pareció  la anchoa de una gilda un ser ínsipido que no merecía haber venido del mar. En otra ocasión buscando consuelo goloso se acercó a Mario, el pastelero. A hurtadillas se apropió de un bombón de Guanaja con chile. Se desplomó. No sólo era incapaz de encontrar un gusto azucarado a la bola de chocolate si no que echó a faltar con gran decepción las banderillas que ponen los chiles cuando se estampan contra el paladar.
Esperaba cada tarde con impaciencia el último „adiós, hasta mañana“ de la brigada. Con una velocidad vertiginosa sacaba de neveras, estanterías y cámaras todo tipo de alimentos. Carne en abobo, estofados, salazones y encurtidos, pescado en ceviche, embutidos curados al aire y también los ahumados, verduras crudas y al vapor, almíbares, repostería fina, desmantelaba la confisería y escudriñaba la bollería. Se sentaba probándolos al principio con lentitud y después con una avidez casi pantagruélica, preso de la certitud insoportable de su ageusia. Tras horas   infructuosas a la búsqueda del gusto perdido se rendía exhausto y se quedaba dormido hasta bien entrada la noche sobre la mesa de la cocina, más tarde en un ataque de pánico en los primeros minutos de albor recogía desesperado recipientes, platos, cubiertos y restos de comida que había ido desperdigando por todas las dependencias. Avergonzado de saberse exento de su mejor arma de trabajo, tomó una grave decisión.
Llamó al abogado y a su segundo de a bordo. Conferenció con ellos y dispuso cuanto fue necesario para que aquel barco siguiera su rumbo, sin capitán. No se despidió de su mujer, ni de sus hijos, debilitado por un miedo cobarde.
Vagó durante meses por las ciudades de los libros de su infancia. Recorrió los sietes mares persiguiendo nubes, colores y aromas. Y en cada malecón de los puertos por donde pasaba  probaba una y otra vez los peces aún medio vivos que asaban con sal gorda en los chiringuitos cerca de las lonjas queriendo usurparles la salitud. Y estrujabaja medias naranjas, granadas y limas contra la cara quemada por los soles meridionales  intentando adivinarles un atisbo de agrura. Pero siempre se iba de vacío.
En su enloquecimiento culinario se olvidó del deterioro de su salud. No comía, sólo probaba. A veces mordía una presa de pollo crujiente con voracidad canina para escupirlo después con todas su fuerzas. En otros momentos, sólo rozaba las viandas con la punta de la lengua. Había adelgazado visiblemente y se agotaba con suma facilidad. Se fue quedando sin dinero y estaba demasiado débil para trabajar.
Al final del verano, tras largas jornadas de dolores agudos constantes y desfallecimientos continuos pasó la primera de muchas noches durmiendo a la intemperie. Al despertar a la mañana siguiente no supo dónde se encontraba, ni cómo había llegado allí.
Era una estancia blanca, amplia, sencilla. Pasaron algunos instantes en los que se dejó seducir por la tibieza de un sol suave pero invasor que se había adueñado del cuarto. Antes de moverse en cualquier dirección oyó el saludo cordial y sincero de una voz femenina. Menos guapa que su mujer y parecía también menos culta. Pero era resuelta y rezumaba afecto. Se le acercó para preguntarle que qué tal estaba y que si quería comer algo. No le pareció oportuno hablarle de su drama particular y optó por reponder con un escueto no. Sí bebió té. Se dio cuenta que era la primera cosa caliente que ingería en mucho tiempo y le hizo bien. Laure no le molestó con preguntas comprometedoras, le dejó ser y estar, simplemente.
Al cabo de una semana ella le contó cómo le encontró al lado de la playa, envuelto en harapos y con una barba que no revelaba nada optimista sobre su estado. El yacía inerte entre las algas de la orilla. Ella había bajado a la bahía a buscar palourdes. Al oír este nombre se acordó que estaba en Francia y también comprendió que se encontraba en una pequeña pensión al lado del mar. Laure era la patrona, que además tenía una pequeña casa de comidas.
Las conversaciones que al principio eran formales se iban haciendo cada vez más amenas y las puestas de sol más románticas. El conseguía salir de vez en cuando a la terracita de la habitación desde donde divisaba el horizonte rojizo, campo de batalla de tormentas de final de verano. Pensaba a menudo que estaba mejor y aunque seguía sin poder saborear sentía por primera vez una necesidad imperiosa de acercarse a los fogones. La ocasión estaba a pedir de boca. Laure había invitado al viejo Jean, a Nina, la danesa que vivía con sus perros en el molino abandonado. Quería celebrar con ellos que llevaba ya algunos años, venida de lejos, en aquel rincón perdido. El inspeccionó el lugar que le inspiró sobradamente. Pensó en la comida de los habitantes de las cuevas de los tiempos antiguos. Cazadores que arrancaban la carne con las manos después de haberla purificado con el fuego ancestral. Se olvidó de las florituras de su saber hacer para volver a los orígenes. Recogió con dedicación  hojas, astillas, troncos. Fue preparando la brasa, haciendo una lumbre hogareña. Jean traería el animal. El pequeño cordero, sacrificio de dioses. Asado en cruz como en la Patagonia. No supo a qué sabía pero gozaba viendo a los demás disfrutando el placer de lo que él había preparado. Corrió el vino, comieron con los dedos, charlaron y esperaron el alba acurrucados en las rocas bajas del acantilado. Sonreían, como si la dicha les abofeteara una y otra vez.
No pensaba en nada. Sólo vivía lo diario, al lado de Laure. Y pasaron algún tiempo como si siempre hubiera sido así.
Pero un día que amaneció gris, con esa niebla bretona que anuncia a los druidas que se reúnen para conjurar y recitar descubrió de nuevo un herpes en la boca. Supuraba. Le daba a entender que ahí estaba, que el cáncer había vuelto y le destruiría.
El otoño precedió a un duro invierno. Los eczemas no desaparecían, al contrario se multiplicaban sin parar.  Un atardecer entró en la cama para no salir más.
Laure se ocupó de él pero los dos sabían que no había mucho más que hacer. Pasaban las tardes a ratos leyendo, a ratos en silencio. Laure sucumbía a una tristeza que ya no intentaba disimular. Lloraba, al principio se giraba cuando sentía el impulso. Luego ya no podía evitarlo. En un arrebato de clarividencia, se despidió de ella, la besó. A ella se le escapó una lágrima que cayó en la mejilla de él, se deslizó suave por la pendiente del lado de la nariz, bajó más lenta por una comisura y acabó humedeciéndole los labios. Con un esfuerzo justificado pero lleno de felicidad aún tuvo tiempo de decirle: Sabe a sal.

104- Gastronomagia por Tula

Toda la historia humana atestigua que, desde el bocado de Eva, la dicha del hombre depende de la comida.                                                                         Lord Byron
Aquella bellísima cocinera era, con diferencia, lo mejor que podría haberle pasado al restaurante. Y es que si algo explicaba la mucha concurrencia de comensales a diario, era precisamente el tacto sublime con que Ceres preparaba los platos. Se abarrotaban las mesas de ansiosos clientes que exigían ser atendidos de inmediato; de manera que, al entrar en el comedor, todo era un hervidero de deseos por cumplir por lo que se conocerá más adelante.
Lo cierto es que la habilidad de Ceres resultaría inexplicable si pretendiéramos justificarla bajo el prisma de la razón, porque la fascinante cocinera no abandonaba ni por un momento los fuegos y, por lo tanto, no sabía nunca para qué clientes preparaba sus platos inefables. Todo porque sus manos interpretaban a la perfección los paladares que degustarían las diferentes comidas. Ese tacto abovedado y cavernoso llegaba desde la traducción de sus bocas hasta la de su alma misma. Los clientes encontraban insólitos sabores en los platos solicitados. Era de ver cómo degustaba Carmen ese primero del menú, que sabía al hijo que perdió hacía ya tres años; aquellos espárragos verdes y blancos fritos, ataditos en manojo por una loncha de trasparente y sanguíneo jamón ibérico, sabían al alumbramiento de aquel fatídico aborto, a los cuidados del precioso chiquitín e, incluso, a su escolarización primera. Al tiempo, las salsas que custodiaban el antedicho manojito –una a base de pepinillos, mostaza y leche; y la otra, fruto de la mezcla, salpicada de trocitos de aceituna, de tomate triturado y mahonesa- eran los desvelos nocturnos, las primeras intentonas léxicas, los titubeantes primeros pasos y esas sonrisas impagables de todo punto. La propia Carmen parecía abovedarse para degustar a este no niño, para paladearlo de veras. Mientras, su marido la contemplaba estupefacto primero y con aire distraído después, cuando llegó su comida. En su caso se trataba de un fabuloso salmorejo, cuyo gusto de tomate especiado retrotrajo a su paladar a los primeros baños del nonato y a los balanceos para procurar el sueño del inexistente pequeñín. El pequeño Héctor miraba con asombro a sus padres mientras sus queridísimos macarrones, ensalzados por el choricito repartido y gratinados con tomate y queso, le daban vueltas en la noria o le conducían por los chirriantes, sinuosos y frenéticos raíles de la montaña rusa que aún no conocía. El segundo plato, un sabrosísimo entrecot acompañado de una guarnición de verdura, llevó directamente a Carmen ante un lienzo a medio terminar, esa pasión a la que nunca pudo dedicar tiempo. Cada bocado de esa magnífica carne era una pincelada armónica en un paisaje impresionista rebosante de pasión y de belleza. Por su parte, al marido de Carmen, las chuletitas de cordero le dieron esa empresa que siempre deseó montar y que no pudo por falta de capital. Cada vez que una de las patatitas panadera que acompañaban a las mencionadas chuletitas se acomodaba en su boca, tenía una reunión urgente con los jefes de los distintos departamentos; el sabor de una sofisticada especia que salpicaba el plato era en su paladar el traje de raya diplomática, y ese vino tinto enmaderado que regaba la carne y las patatas constituía una corbata satinada de color granate. Cuando fue a coger un trocito de pan para acompañar, se ajustó -entre natural y elegante- su corbata, como una lengua bestial y solemne. Héctor se decantó por pedir una hamburguesa completa que, al masticar por primera vez, le colocó en un campo de fútbol para descubrir, atónito, que entre el público aplaudía con verdadero entusiasmo cada genialidad suya con el balón, que parecía llevarlo literalmente pegado-a-los-pies, una niña rubia iluminada de pecas y de candidez. Justo al terminar el partido, cuando todos le habían felicitado y se le acercaba aquella preciosidad, descubrió que había masticado el final de su segundo plato. Cuando pretendió sustituirlo por un trocito de chuleta, sin que su padre –atareado con asuntos empresariales importantísimos- se percatara, se adentró en un despacho lleno de luminosidad por el que vio cruzar decididísimo a su padre, vestido con un traje muy elegante. Un tanto disgustado, pero con la expresión del vencedor, decidió esperar a los postres. Al pobre marido de Carmen vino a sucederle algo parecido a su hijo cuando, en medio del balance económico anual de su empresa, se terminó sus chuletitas con patatas. A hurtadillas, se hizo con un trocito del entrecot de Carmen, con el fin de vislumbrar el balance definitivo, pero  –entonces- su precioso traje de raya diplomática se embadurnó de azul cielo. Con un disgusto mal disimulado, se limpió como pudo el –hacía realmente nada- elegantísimo traje. Carmen reprendió a su marido porque por su culpa no pudo rematar el cuadro y un trozo de cielo sin terminar mostraba la terca blancura del lienzo. Abordaron los postres con auténtica fruición y con un ritual que embebía a cada miembro de aquella familia en su plato, sin cerciorarse de lo que ocurría fuera de él a no ser, como ya se contó, que se produjera un somnitum interruptus.
Era sorprendente el ver cómo cada uno de los comensales, a pesar de compartir mesa, se replegaba sobre sí mismo y se engolfaba en el fantástico y mágico viaje que cada plato, cada sabor proponían. En una mesita próxima, una parejita joven muy acaramelada hacía su petición al tiempo que se acariciaba, pierna contra pierna, en ardorosa búsqueda. Pronto sacaron los platos preparados por Ceres y la cena transcurrió con aparente normalidad; aparente porque ella, de vez en cuando, se asomaba con disimulo a los platos de él para degustar al menos los deseos de este. Cuando acabaron el postre y el café, ella salió con aire colérico       –tras propinarle una inopinada bofetada- y podía adivinarse que, ella, no pudo digerir bien el no aparecer en las muchas opciones que había tenido el menú y –quizá- también pudo costarle encajar la presencia de aquella chica picante con ligueros motivada por el trocito que pinchó del solomillo a la pimienta que él se había pedido. Aquella mujer podría entenderse en un segundo plato si ella hubiera sido unos entremeses, un primero o, cuando menos, un delicioso postre. Él hizo un ademán de detenerla, pero pronto le guiñó el ojo a su nueva vecina en ligueros y decidió invitarla a una copa. Pronto le llegó a un caballero, entrado en años y solitario, su plato: una berenjena rellena y gratinada que súbitamente lo convirtió en un apuesto joven que entre tenedor y tenedor no dejaba de atender visitas femeninas sublimes y soñadas. Cerca de este caballero se encontraba una mujer madura que degustaba una parrillada de verduras, y que lucía unas piernas esbeltas que llamaban la atención porque no parecían corresponderse con el resto del conjunto. Como también resultaba chocante el observar cómo se transformaba una joven de vestir trasnochado en una señorita moderna y contenida mientras consumía con elegancia un sutilísimo lomo con piña aderezado con una salsita a base de leche.
 Pero, quizá, lo más llamativo ocurrió cuando Ceres terminó de preparar las comidas del día y cerró el restaurante para sentarse, agotadísima, en una de las mesitas del comedor ya silencioso, aunque aún palpitante de vitalidad. Y fue lo más llamativo porque, en el preciso momento en el que se llevó a la boca la primera cucharada del plato que había preparado para ella misma, se encontró con que el comedor hervía de gentío y con que ella estaba entre fogones preparando las comandas, que no cesaban.        

Corregido relato 103

103- Exin castillos (DIY).Receta especial para elaborar en casa

Ingredientes:
Una añoranza recurrente.
Dos toneladas de miedo atroz a vivir la realidad.
Una pizca de imaginación desbordada.
Elaboración:
Para empezar debes alienarte de la realidad. Y para eso, nada mejor que pensar mucho en las causas de tu nostalgia, dejándolas macerar juntas durante muchos días o, mejor aún, durante meses. Verás que, como un buen vino, este caldo mejora con los años. Tómate tu tiempo...
Llegará el momento en que pienses que quizá has dejado envejecer la mixtura demasiado y que, de puro hastío, deberías rechazarla.  ¡Ni se te ocurra! Este es el momento óptimo para traspasarla a una barrica de madera. Realiza la maniobra con cuidado. Cuando hayas finalizado la operación, que no debería tardar más de un par de horas, aunque dependerá de la densidad de la mezcla, enfócate en el contexto y constrúyelo. Ejecuta este delicado procedimiento integrando, poco a poco y sin prisas, todos los sueños que pueda facilitarte tu imaginación. Verás que, en contacto con el condimento, la combinación empezará a solidificarse. Amásala bien durante un buen rato. Tápala con un lienzo blanco y déjala reposar durante la noche.
Si has seguido correctamente los pasos anteriores, al cabo de ocho horas llegará el momento que tanto has esperado. Retira con cuidado el lienzo y contempla los sólidos cimientos que se hunden en el aire y los poderosos muros que se alzan hasta el infinito. Decora el pináculo más alto de la construcción con la bandera de la locura. Llegados a este punto, puedes felicitarte: habrás conseguido que tu primer castillo de aire se yerga con orgullo sustentado únicamente por tu imaginación.
Advertencia: jamás sirvas un castillo de aire en una burbuja de realidad. Pese a su solidez, se desintegraría en pocos segundos.

102- Mejillones a la Poseidon por Orfeo

Según pudimos averiguar, ya en su afamada saga neogótica “El mejillón lascivo”, el tristemente célebre monje benedictino Rupert de Hydrae  llamaba la atención acerca de los terribles peligros y acechanzas que aguardaban  a quienes se atrevieran a abrir las valvas del enigmático molusco, succionar ávidamente sus jugos y regocijar su lengua y sus labios en la mórbida sensualidad del pequeño animalejo húmedo y carnoso.
Minuciosa y obsesivamente -  como era de esperar en quien de ese mismo modo regía  los destinos de la tenebrosa Abadía de Sant Erectium – detallaba el santo hombre los efectos demoníacos de lo que según él, no era más que la última maniobra del Poseidón Pagano que, revolviéndose en las profundidades del Mediterráneo, intentaba vengarse de su derrota  tentándonos una y otra vez con esos innombrables productos de su abismal y férvida imaginación.
La obsesión del santo pecador – según referencias confiables -  llegó finalmente al punto de proponerse recopilar, uno por uno y sin excepción, todos los documentos en los que de un modo u otro pudiera descubrirse, explícita o implícitamente, la presencia de tamaña tentación. En ese afán, recorrió sin descanso cuanta taberna y monasterio encontró  a lo largo de la Europa Meridional, y aún de la costa norte de Africa, donde según algunos testimonios, tuvo dolorosos problemas con los ardientes bereberes, absolutamente reacios a sus prédicas, aunque no a las tentaciones…
Finalmente, el santo pecador instituyó sus paradójicos atributos, al instalarse en cierto poblado indefinido de la costa  mediterránea española, precisamente huyendo de las furias de los indignados bereberes. Allí conoció a una noble dama portuguesa cuyo nombre pareció ser Gona da Maestre (aunque hay dudas sobre ello, ya que muchos de los manuscritos consultados contienen tachaduras, borrones y sobreescritos, además del deterioro natural). Esta relación significó un nuevo giro en la agitada vida de Rupert: estimulado por la bella cortesana, el hombre se exigió más aún y acentuó desaforadamente sus manías. Entregado a inimaginables prácticas lujuriosas durante la noche, pasaba el resto del tiempo tratando de controlar al máximo sus fantasmas escribiendo un minucioso recetario afrodisíaco, pleno de alusiones esotéricas y desvaríos místicos de dudosa autenticidad; mientras la dama oraba, penitente, arrodillada sobre granos de maíz.
Según pudimos colegir de nuestras investigaciones, el torturado monje pensaba que escribiendo y ocultando todos los productos que la parte libertina de su alma intentaba exteriorizar, por un lado pagaba sus culpas y por otro ( rayando en el delirio) retiraba del mundo tales fantasmas e impedía su proliferación. Por eso, sus escritos solían comenzar indefectiblemente con la siguiente oración: “ Señor, yo estoy perdido, piérdame pues del todo, para que no se pierdan todos”.
Claro que, más laboriosos eran sus días, más desenfrenadas sus noches; más recetas copiaba y acopiaba, más se estimulaba el fuego demoníaco de sus deseos. Y así en un espiral dantesco que terminó dando finalmente con sus flacos huesos y sus raídos sesos en la ya mencionada Abadía de Sant Erectium, donde parece haber pasado sus últimos años.
Poco o nada se supo de él durante siglos, hasta que nuestro Club REP (Recuperación del Erotismo Pagano), inició esta investigación destinada a recuperar lo que se pudiera de las obras del santo pecador. Debo reconocer que no logramos mucho, pero, como miembro del Club,  y aprovechando la realización de nuestro próximo Banquete Anual, tengo el placer de compartir con ustedes, acá, frente al sol del Mediterráneo, y mientras levantamos las copas rebosantes del néctar dionisíaco, la única página del recetario de Rupert que hemos podido recuperar íntegra, tras largas y agotadoras jornadas a lo largo y a lo ancho de toda Europa. (Pedimos disculpas por la seguramente incompleta y a veces desprolija traducción del latin vulgar)

Mejillones a la Poseidón

Ingredientes:
10 dientes de ajo picados
2 cucharaditas de anís
1 cucharadita de orégano silvestre
½ taza de perejil recién picado
Una pizca de verbena o “herba veneris”
Una pizca de guindilla picada
Un kg. de tomates rojos, pelados y troceados
Un vaso colmado de vino tinto o blanco
Sal y pimienta negra al gusto
2 cucharaditas de albahaca.
Preparación: Se lavan los mejillones, se los limpia de barba y restos de arena, en número de tres docenas y se los deja aparte. Se hierven todos los ingredientes, salvo el vino y el perejil, durante tres cuartos de hora. Luego se añaden el vino y el perejil y se hierve quince minutos más. Mientras esto ocurre, se cuecen al vapor los mejillones durante cinco minutos. Se sacan, se escurren y sin sacarlos de sus conchas se los echa en la salsa de tomate, removiendo para que se bañen bien.
Pues bien: queridos invitados al nada platónico Banquete del Amor, que les aproveche. Ahora, pan para mojar, vino para entonar y espíritu para gozar. Y recordemos siempre que el pequeño y voluble Eros se cubre con dos mantos: sábana y mantel. Y que tanto más calientes estarán las sábanas cuanto más y mejor honremos el mantel.   

miércoles, 3 de agosto de 2011

101- Sabor de amor

Hoy le he presentado al Señor Puerro a la pequeña. Hasta ahora tomaba los purés de verdura tan sólo con patata, zanahoria y como mucho, calabacín o tapines, como tú los llamas. Poco a poco quiero descubrirle gustos nuevos, he sentido cómo reacciona ante los diferentes sabores y eso me produce una alegría incontrolable. Desde que te fuiste es mi única dedicación, mi vida entera está dedicada a ella y cada día sólo me levanto para mejorar de alguna manera su terrible situación.
He notado maravillada cómo es sensible a los aromas y sabores. Poco a poco va conociendo verduras, hortalizas, nuevas frutas, algunas carnes, pescados diferentes, incluso la he hecho entrar en el maravilloso mundo de las especias. Cómo le gustó mi arroz con leche, ya sabes cómo lo hago, te gusta tanto. Deslié la canela y la cáscara del limón en leche con azúcar, removiendo poco a poco y en vez de arroz, para ella añadí sémola, ya sabes que no tiene aún la coordinación necesaria para masticar. Pero todo se andará, te reitero mi confianza en que ella mejorará, que conseguirá más de lo que dicen los médicos.
De momento yo se lo noto en la mirada, de sobra sabes que no puede hablar aún, aunque estoy segura de que lo hará, le noto la alegría, la extrañeza ante algunos gustos ácidos y amargos, hasta he conseguido de ella una mueca al darle a beber zumo de limón. Me arrancó una carcajada estruendosa, algo que hacía años que no me ocurría. También me reí mucho cuando le día aprobar polvo de pimienta, aunque no me atreví a darle cayena, todo llegará, ese sabor seguro que le provocará alguna reacción inesperada.
Le fundo chocolate negro en mantequilla y se lo doy al menos dos veces a la semana, eso hace que no pierda la alegría. El chocolate le apasiona, tendrías que ver su cara sólo sentir el aroma del chocolate derritiéndose. Me gusta sentarla en la cocina a mi lado, para que sienta los olores, los aromas, el tacto de los alimentos, los vapores de lo que cocino. Siento que le gusta, que disfruta sintiendo, teniendo  sensaciones, lo veo en el destello de sus ojos y en el brillo de sus pupilas. Es lo único que me hace comunicarme con ella, los pequeños detalles. Una mirada, una mueca, un gesto de su cara son conversaciones con ella, por eso debo estar muy atenta a todo lo que sutil y lentamente me cuenta y sé que ella está feliz, querido. Por difícil de entender que les parezca a todos, yo sé que es feliz y que he encontrado una manera de comunicarme con ella.
Uno de los doctores me explicó que su enfermedad mejoraba mucho con la estimulación. Probé con la fisioterapia, con el contacto con animales, la música y tantas otras cosas. Aunque no hay que menospreciar sus efectos, lo que mayor resultado ha dado es la gastronomía y sus derivados.
A veces, los sumerjo los dedos en leche o le hago meter los dedos en algún tipo de masa antes de hornearla. Su cara me dice que siente, que le gusta jugar a tocar alimentos. Con los juguetes de bebés me desesperé pronto, no tiene la fuerza necesaria para agarrar o coger, no puede pulsar teclas ni hacer pinza para coger objetos, aún. Poco a poco he conseguido que mueva los dedos dentro de fluidos o dé ligeros pellizcos a las plastas y papillas que le preparo para sus juegos.
El otro día estuvo aquí tu madre y noté por su cara que piensa que estoy loca. Noté la decepción en su rostro y no supo comprender los avances de tu hija,  me estoy haciendo una experta en leer los sentimientos a través de las expresiones de las caras. Le escandalizaron los juegos culinarios que le preparo y los experimentos gastronómicos de darle a probar cosas nuevas. Incluso me dijo que era cruel hacerle probar la pimienta y se marchó indignada, no entendió nada.
Pero yo sé que si estuvieras aquí aprobarías lo que estoy haciendo con ella, he descubierto una manera de estimular sus sentidos y ya hay un doctor que ha alabado mi labor y quiere seguir la evolución de nuestra pequeña. Se ha interesado por su extraña enfermedad y quiere hacer un seguimiento de sus avances, porque está convencido de que está haciendo grandes progresos dentro de sus posibilidades.
Hoy me siento feliz por ello y necesitaba compartirlo contigo, quería que supieras que todo va bien aquí abajo, que no tienes por qué preocuparte de nosotras. También sé que estas buenas noticias tienen mucho que ver contigo, a saber lo que habrás tenido que mover ahí arriba para que todo cambie aquí abajo, después de tanto tiempo llamando a tantas puertas…
Te echo enormemente de menos, ya sabes cuánto, pero eso no toca ahora, el motivo de mis letras es sólo volcar mis sentimientos sobre los avances de nuestra pequeña sobre el papel, para tener conciencia de lo que pienso, no hablo mucho con la gente y menos de estas cosas, muchos son reacios y pueden creer que estoy loca, pero yo sé que no, que lo que experimento es cierto, que no son falacias ni imaginaciones de una madre desesperada, simplemente lo sé, mi amor.
Bueno ya te dejo por hoy, estoy impaciente por empezar a cocinar para ella, con ella, por ella, ya sabes que es la mayor ilusión que tengo en estos momentos.

100- Canción de harina

Él vuelca la harina al alba con manos de invierno y una devoción supersticiosa. Como quien reza una oración cada día, amasa para mantener la vida en ella. Hace meses acampó en su mente la certeza de que la vida de su hijo está ligada a la del pan que amasa cada mañana.
Los dedos de ambos mezclan caricias bajo la flor de harina y una mirada pícara pone la sal. Él deja caer el agua sobre el volcán blanco y ella deja escapar de entre sus muslos la tibia humedad que precede al parto. Se miran. Él, corre.
Ella mira a la ventana y no puede evitar pensar que la lluvia que llega es un presagio negro de lágrimas. Se revela contra ese pensamiento amasando con convicción, cierra los ojos y sueña, porque en sueños la lluvia es abundancia y promesa. Elige soñar despierta, amasa, recuerda abril. Una mirada furtiva entre un blanco y una negra. Laberinto de ojos verdes y azabache.
Tic. Tac. Tic. Tac. El eco del reloj la despierta de su sueño, de sus manos ociosas, de la inquietante quietud de su vientre. Moscas revolotean acercándose a la masa y ella las espanta con furia, como las espantaría de un pequeño cuerpo desnudo. Amasa de nuevo, y con cada golpe invoca un dolor que se acerca lenta y rítmicamente. Ella golpea la masa con ansia, quiebra su humedad con una lluvia fina de harina, como aquella con la que él le tintó el cuerpo bajo el sol de mayo. Borrachos de tacto, ella envidiando el color de la piel de él y él blanqueándola a su pesar, hermosa hembra dorada como era. Buscaron en sus sexos masa madre, infinita espiral de paralelas que se curvan, se abrazan, retozan amándose.
Se amaron, se amasaron, se amansaron.
En el recuerdo reposado del deleite tranquilo que sigue a la pasión, ella añadió en su cocina levadura.
La vida avanza, pero exige su doloroso peaje. Ella se agarra a la masa, la moja de lágrimas, grita. El reloj de cuco, impertinente, como un augur nefando, ríe rotundo con su voz hueca, que el tiempo no pasa en balde. Ella grita. Grita desgarrada sujeta a la blandura de una promesa de pan. Los pasos de su hombre por fin la relevan y ella se tiende. Manos de partera otean la bola de cristal de su vientre y él acuna y arropa la masa, que crece.
Insoportablemente ocioso, él clava rítmicamente pasos agitados sobre el suelo de la cocina. Las manos de la partera, invertidas en desenredar el hilo que aleja al minotauro, encuentran por fin la salida. El mete la masa en el horno en el instante de frontera imposible, entre la vida y la muerte, donde se alternan el silencio y el grito. Hasta allí cabalgan tres corazones en busca de un cuarto. Sonata para tres corazones y medio que dura el tiempo que tarda en dorarse un pan. Y nace, por fin, al olor del pan reciente.

Sobre el relato 35: "Nuevas recetas para la vieja Circe"

Tal como apunta un comentario anónimo, el citado relato guarda notables similitudes con un cuento de Julio Cortázar, en especial por el desenlace del mismo, en el que parece haberse inspirado el autor. Si  bien estas semejanzas no bastan para descalificar a la obra, el jurado de este dertamen, que valora especialmente la creatividad y originalidad de los textos, ponderará dicha circunstancia en la fase de selección.

El Mirador del Norte.

99- Nunca mezcles un buen vino con una posible novia por Alejandro Berzakey

El sommelier se acerca a la mesa; me observa a los ojos y contempla, disimulando con fruición una sonrisa cómplice, la espléndida figura de mi compañera. Lee en nuestras miradas los signos de un encuentro amoroso y recomienda el vino adecuado para el momento; sabe lo que tiene que hacer y lo hace sin vacilación. Luego se retira a una posición estratégica, a unos metros del estrépito de las mesas ocupadas. Apoya apenas sus manos sobre un atril dorado y ordena, con la naturalidad de un elegido, la calidad del vino que nos servirán.
Paula sonríe y no deja de hablar del encanto barroco del restaurante. Sí, parece una contradicción debido a su extravagante vestimenta, y a su cabello con tres puntas de diferentes colores y sobresaliendo varios centímetros del cuero cabelludo, pero esas contradicciones son, precisamente, las que acentúan su belleza. Nadie podría negar que es poseedora de un rostro hermoso y que en él, sus ojos, parecen escudriñar en los deseos más profundos de los hombres, sin por eso perder la inocencia seráfica de su boca
Me siento gratificado por las palabras de mi amada, y entiendo su esmero en tratar de alabar mi elección del lugar, pero para mí es otro bodegón decadente y nadie va a quitarme ese pensamiento de la cabeza; sólo vine por el buen vino que sirven aquí.
El júbilo, producto de los dos anti depresivos ingeridos antes de venir hacia aquí, me agita y llena mi boca de expresiones cursis, grandilocuentes y hasta diría que bochornosas, que exaltan la belleza de Paula y el entorno que la magnifica. La sinceridad, en estos casos, tiene poca necesidad de aparecer en mis palabras y ella lo sabe, y sonríe.
El sommelier se acerca a nuestra mesa cuando llega el vino, lo prueba y nos contagia la pasión por beberlo.
 El empleado de la casa tiene clase, y con la categoría de un charmant acepta la tarjeta que mi novia, la muy mosquita muerta hija de puta, le pasa por el costado de la mesa, pensando que desde mi posición, de alma derrumbándose ante la realidad de la perfidia, jamás podría darme cuenta.

98- La receta perfecta

Federico había soñado con ser un cocinero estrella desde pequeño. Apenas tuvo la altura suficiente, se puso a suplantar a su madre en la cocina y acabó por disolver las cenas familiares. Cada miembro de la parentela Sánchez empezó a crear un hábito de cena fuera de casa con tal de no toparse con las recetas de Federico.
Tan pronto terminó el bachillerato se inscribió en una de las mejores escuelas de gastronomía. Su sazón mejoró mucho y para entonces sus platos eran bastante aceptables, pero comunes y corrientes.  Consiguió que lo emplearan en un fino restaurante como cortador y pelador. Pero Federico fue mejorando con la observación y la experiencia y muy pronto fue promovido a cocinero.
Ya en contacto con los fogones y las sartenes el sueño de Federico comenzó a coger cuerpo. Quería crear una receta propia e inigualable. Un plato que tuviese un sabor único y espectacular, suculento e irresistible. Pero cada prueba que hacía era un intento fallido. Mezcló infinidad de ingredientes y realizó miles de pruebas. La mayoría de las recetas de Federico resultaban muy bien presentadas, pero bastante desagradables al paladar; otras no pasaron de ser mas o menos buenas y algunas pocas fueron lo suficientemente interesantes como para ser incluidas en el menú del restaurante donde trabajaba.
Federico fue creciendo y, ya crecido, llegó a ser el jefe de cocina del Samuel´s. Poco a poco, con la entrada de la madurez, se fue olvidando de la creación de su receta personal e intransferible. Empezó a preocuparle más la variación en el menú, la carta de vinos del nuevo y el viejo mundo, el máster en cocina asiática para ampliar la clientela, la compra de un piso nuevo en el centro de la ciudad, la Harley Davidson en la que llegaba temprano al mercado para comprar las verduras más frescas y las reuniones con los amigos íntimos los viernes por la noche. Fue en una de esas reuniones donde conoció a Elena. Federico solía ir solo a esas reuniones. La verdad es que solía ir solo a todas partes. Elena había resultado ser una amiga de la chica de Miguel. De entrada, Federico no pareció darle importancia. Dos besos y un intercambio de nombres al unísono fue todo lo que hubo entre ellos, pero Federico no dejó de verla durante el resto de la noche, aun con sus párpados cerrados. La recordaba frente a la mesa del bar moviendo de un lado a otro sus cabellos negros. Negros como la tinta del calamar.
La semana siguiente Federico ya no solo escogía las verduras con esmero sino que, antes de meterlas en la bolsa, las acariciaba con delicadeza y las olía hasta respirarles el sabor. En la cocina estuvo más creativo que de costumbre. Le dio por embellecer con ramitas de perejil, rosconcitos de zanahorias y estrellitas de calabacín cuanto plato estaba terminado.
El viernes, Elena volvió a parecer en la reunión acostumbrada. Federico se atrevió a mirarla de reojo un par de veces más que en la ocasión anterior. Incluso, cuando ya se iba del bar, cedió sin mala cara a la petición de Miguel de llevar a Elena que había prometido llegar temprano a su casa.
-Espero que no te de miedo ir en moto –le dijo Federico con voz trémula.
-Bueno, la verdad es que nunca me he montado en una de estas cosas. Solo te pido que no vayas a ir muy rápido –respondió Elena mientras amarraba su cabello.
-No te preocupes, iré tan despacio como pueda. Verás que después no querrás bajarte –dijo mientras se le soltaba una sonrisa a la que Ella respondió.
Elena lo tuvo abrazado todo el camino. Aquella sensación de cercanía era totalmente nueva para Federico. La baja velocidad a la que conducía se debía más al vértigo, producido por aquellos brazos cálidos alrededor de su cuerpo, que a la prudencia pedida por Elena.
Durante la siguiente semana, Elena se le aparecía en cada esquina y en cada rincón. La veía frente al refrigerador, mostrando su sonrisa perfectamente delineada. Otras veces lo acompañaba en la oficina sentada con sus delgadas piernas cruzadas. Sin esperarlo veía su rostro, ovalado y perfecto, sobre el sartén del sofrito o desdibujado en el agua caliente de la olla de la pasta.
El viernes de esa semana volvieron a encontrarse. Federico esperó el momento oportuno para ofrecerse a llevarla de nuevo. «Me encantaría Federico. La verdad es que la otra vez me divertí mucho», respondió Elena con entusiasmo al «Puedo llevarte con gusto si tienes que volver a casa ahora», de Federico.
-¿Puedo llamarte? -preguntó tímidamente Federico ya frente a la casa de Elena.
-Por supuesto que puedes. Toma mi número -le respondió mientras le escribía con bolígrafo unos números en la palma de la mano-. Me han dicho que cocinas muy bien. He estado a punto de ir a tu restaurante para comprobarlo, pero la verdad es un poco costoso para el sueldo de una profesora de peques.
-Pues no se diga más. ¿Qué tal si te invito al restaurante el domingo por la noche?
-Perfecto -dijo Elena con una nueva sonrisa.
- Vale, te espero a las nueve –dijo Federico mientras ambas mejillas recibían los besos de despedida.
Ese domingo el restaurante estaba cerrado, pero Federico acomodó, al ritmo de Chopin, una de las mesas cercanas a la puerta de la cocina.  Sin estar muy seguro de que receta preparar, sacó del frigorífico un par de trozos de solomillo. Casi inconscientemente, mezcló en una sartén un par de cucharadas de azúcar, suave y morena, como su piel. Luego añadió medio pimiento rojo que troceó entre las imágenes de aquellos labios bermellón que le habían hablado tiernamente. A la mezcla le siguió una guindilla tan alegre y vivaz como su carácter y, tras rememorar la embriaguez que le causaba su sonrisa, soltó un chorro de vino blanco que se evaporó provocando una nube llena del aroma que ella le había dejado pegado en la camisa cuando, en sus mejores momentos, la había llevado detrás de su espalda.
Cuando se hubo despejado el aire, Federico se descubrió invadido por una emoción que le provocaba un exceso de latidos. Le temblaban las manos y sentía el estómago travieso y contraído. Elena llamó a la puerta justo antes de emplatar.
-Hola –Le dijo mientras le daba un tímido abrazo.
-Has llegado justo a tiempo. -Federico respondió nervioso al abrazo-. Ven, siéntate aquí –dijo llegando a la mesa y arrimando una de las silla.
Federico sirvió las dos copas con un Châteauneuf-du-Pape granate y las chocaron suavemente con un «Por ti» mutuo.
-En un minuto vuelvo -dijo Federico en tono acelerado y llevándose su copa a la cocina mientras Elena lo seguía con la mirada alegre.
Cuando terminó de servir ambos platos Federico se quedó mirándolos. Inmóvil y con los ojos aguados. Por fin lo había conseguido. Por fin había sido capaz de crear aquella receta única. Aquel plato perfecto e inigualable. Quizás nada especial para algunos, pero inédito y exquisito para Federico como esa noche y como el amor. Era Elena el ingrediente que hasta entonces le había faltado.

martes, 2 de agosto de 2011

97 Tarta reconciliación al bouquet de menta por Alba Rosmar

Reuní  todos los ingredientes sobre la  mesa de granito. Abrí la ventana y dejé que penetrara el aire limpio del día, que la luz acogedora del sol desvirgara cada rincón de la cocina e hiciera refulgir las hojas de menta, todavía mojadas por las gotas de rocío que, como cristalitos colgantes deshicieron el espectro solar en ramilletes de colores. Dispuse los limones de piel gruesa sobre la tabla oscura. Los corté en mitades, rallé la cáscara que luego añadiría a la masa y aspiré el aroma cítrico, dejando volar mi mente hasta los campos arbolados en plena floración, atiborrados de azahar, donde le conocí cuando la vida era fresca y nosotros, jóvenes.
En una jarrita vertí la mantequilla derretida previamente, como se vierte el corazón para que gotee su esencia y supe, tras cascar, separar y batir  los huevos dorados y hermosos en un cuenco que, del mismo modo, que de ellos puede germinar la vida, una vez fecundados, también puede recrecer el amor, una vez vuelto a plantar, aunque la tierra ya no sea fértil, el paso de los años la haya desecado y haya sobrevivido a la sequía, el granizo, las tormentas y el hastío, removiéndola con un poco de abono y mucho oxígeno para renovar los aires viciados, aderezando la masa con canela, tras juntar los huevos con la harina tamizada y un poco de leche pura, después de haber dejado que las claras monten a punto de espuma para dar cuerpo, para evaporar los resquemores que va dejando la vida.
Por un descuido, casi se me olvidó el azúcar que endulza las rencillas forjadas con los años y las hace más livianas. Se revuelve con cuchara de boj; se prueba para conocer el punto; se echa más azúcar, por si el comensal es goloso o, por si la vida le dejó el sabor salado de las lágrimas en el paladar y se da vueltas otra vez, añadiendo unas pocas gotas de perdón y de licor de naranja para realzar el sabor, para potenciar la reconciliación, como cuando nos mirábamos después de una riña y con sólo vernos el imán del amor y del deseo bastaban para encender la hoguera en la que nos abrasábamos, a 180 grados de calor, como el horno que encendí previamente para que caldease y fuese recobrando la temperatura del hogar que fue, lleno de hijos entrando y saliendo, repleto de pucheros borboteando en la chapa, de olor a carne en la brasa, a besugo en el horno, a alubias cociéndose lenta y sabiamente, de dedos que untaban salsas exquisitas y rezumaban placer en los labios, de regañinas por hacerlo, de risas por haber burlado la prohibición. Una cocina llena de movimiento, la misma que ahora alberga a dos ancianos distanciados, que apenas hablan, pero a los que todavía une la complicidad del buen plato en la mesa.
-Me acuerdo de aquel pastel que solías hacer cuando nos conocimos –me dijo una vez, hace no tanto– cuánto daría por volver a probarlo y entornó los párpados mientras evocaba la textura esponjosa de la mezcla de la nata casera,  el huevo y la harina, rociado con limón recién exprimido y tocado con un suave bouquet de menta fresca y aromática.
Saqué el molde del horno y por el aspecto, prometía tener esas mismas características que él recordaba como un símbolo de aquellos primeros años felices. Puse un poco de nata en una manga pastelera y escribí sobre la tarta “Por ti y por mí, por la felicidad que nos queda”.  Dejé que se enfriase y le puse unas ramitas de hierbabuena.
Cuando saqué el pastel a la mesa, al final de una comida especial de aniversario, él sonrió sorprendido, me tomó vacilante de mi mano temblorosa  y con un brillo que yo nunca había visto en sus ojos, me dijo: “todavía te quiero”.

96- Brisa del pacífico por Estrella de sal

Sobre la cómoda del dormitorio la tarjeta quedó sin abrir, víctima de lo socialmente urgente, cubierta por el exquisito ramaje de la retama y algunos metros sobrantes de cinta rústica, quizá para más tarde. El ramo de azucenas blancas llegó a primera hora de la mañana. El botones del turno de noche sería el encargado de subirlo a la tercera planta antes de dar por finalizada su jornada laboral. Fue entonces cuando Jorge Santini -gerente del hotel- frenó la marcha del empleado informándolo de que él mismo lo entregaría. Golpeó suavemente con los nudillos la puerta de la habitación 327 y esperó. Preparó su mejor sonrisa mientras percibía desde el interior la proximidad de unos pasos vivos aunque sosegados que salían a su encuentro. La puerta se abrió y la sonrisa de Lucía Mendoza sorprendió la suya. No era ella la destinataria del ramo. Preguntó entonces Jorge Santini por la señorita Helena Hanega. –Está tomando un baño relajante- respondió la mujer. El agua de la ducha corría lejana, proyectando su eco hacia el final del cuarto. Hizo la entrega. Recibió a cambio un risueño mar de gracias, acompañado de un sonoro: Tenga usted buen día. El gerente se despidió con un: Déle a la señorita Hanega mi más sincera enhorabuena. Del ascensor salieron la esteticista y la peluquera del establecimiento, cargadas con bártulos y maletines de belleza. Tras un cordial saludo, ambas encaminaron sus pasos hacia la habitación 327. La joven dejó cuidadosamente sobre y ramo encima de la cómoda, junto a la ventana. En el hotel no se hablaba de otra cosa: la boda de la señorita Helena Hanega con un acaudalado irlandés pasado de años al que quería mucho, pero del que no estaba enamorada. En pocas horas dejaría la joven aquella vida poco habitual que disfrutaba desde que se instaló en la ciudad ocho meses antes. Su mejor amiga acudió de nuevo a la llamada de la puerta, interrumpiendo el repaso que realizaba sobre la agenda a los distintos eventos que debían quedar zanjados en unas horas. Atendió la llegada del ramo, de los servicios de peluquería y estética, solicitó al encargado de la empresa de alquiler de coches que chófer y “Jaguar blanco” estuvieran a las cuatro y media sin falta esperándoles en la puerta y encargó al servicio de habitaciones servir la comida acordada sobre las dos. Hacia mediodía un camarero de piso llamó a la puerta de la habitación para hacerles entrega de dos suculentos cócteles, cortesía de la casa. Una distinguida etiqueta indicaba la destinataria de cada uno de ellos. Para Helena como siempre el denominado “Brisa del Pacífico” y para su acompañante un “Aloha Green”. El efecto que el anhelado cóctel “Brisa del Pacífico” iba produciendo al diluirse en las células de su agitada mente provocó una agobiante lucidez que por momentos frenó su dicha, apremiándole la necesidad de huir, pero no lo hizo. Recordó su llegada a la ciudad, el color de la noche, el sonido de las voces convertidas en susurro, de las confesiones hechas a extraños que ahora ya no lo eran, el sabor de los buenos momentos, el olor del olvido que conlleva la distancia. Visionó el absurdo de toda aquella farsa. Los acontecimientos no sucedieron según lo previsto. A la salida de la habitación 327 Helena preguntó a su amiga quién le había hecho entrega del ramo. Lucía respondió que lógicamente el gerente de la clínica, el doctor Jorge Santini. Éste pidió transmitirle en su nombre la más sincera enhorabuena, pero olvidó hacerlo con tanto ajetreo. Entonces Helena Hanega dio media vuelta, solicitando a su acompañante que la esperarse en hall. Apenas tuvo tiempo de rechistar Lucía Mendoza cuando el cuerpo de su Helena quedó en el suelo, bañado en un enorme charco de sangre que manaba de la yugular de la paciente, tras la herida abierta por el fino cristal de la copa de cóctel en su esbelto cuello. Tomó entonces la historia su dimensión real: chofer y “Jaguar blanco” volvieron a ser enfermero y ambulancia; su mejor amiga resultó ser la compañera de habitación en  la clínica, afectada como Helena de esquizofrenia; peluquera y esteticien eran enfermera y auxiliar, que como cada mañana pasaban su ronda de visitas; Jorge Santini era doctor y gerente de la clínica mental; el servicio de habitaciones y los camareros de piso formaban parte del equipo clínico encargados de servir comidas y administrar medicación. Por último el acaudalado irlandés pasado de años al que quería pero no amaba, era su propio padre, decidido a llevarla consigo a una institución psiquiátrica -que si bien carecía del prestigio de la actual madrileña- más cercana a Dublín, donde los Hanega tenían su residencia. La nota que nadie leyó, olvidada por mor del grave suceso, sobre la cómoda de la habitación de la enajenada Helena, era el informe dirigido al nuevo equipo médico, detallando el delicado estado mental de la paciente, sus repetidos episodios delirantes que la empujaban a sentir la necesidad de crear un mundo paralelo donde desarrollaba un modo de vida bastante particular, ubicada en la alta sociedad americana anterior a la Primera Guerra Mundial, donde los cócteles se servían antes de las comidas en los hogares y hoteles más exclusivos. Informaban que la joven sólo aceptaba la medicación si se la ofrecían bajo el aspecto de un glamuroso cóctel: “Brisa del Pacífico”, obviamente exento de alcohol, a base de frutas, cuyos ingredientes son: plátano, piña y melón en trozos pequeños, zumo de mango, hielo picado y dos cucharaditas de azúcar. Acompañado de una decoración cuidada, estimulante y atractiva a base de cáscaras y rodajas de fruta y el agitador a tono con el color de la bebida. En el anexo adjuntaban el modo de preparación.

95 Mapocho por Hambriento

-          En plena vía pública, se podía comer el más exquisito pescado frito de Santiago. Siéntate – ordenó mi padre. Yo seguía parado junto a la banca que había a cada lado del desnudo tablero en que unos hombres comían sendas presas de pescado frito.
-          Siéntate, hombre – repitió severo golpeando con su palma el lugar en donde yo debía hacerlo.
Sólo un instante después, la gruesa mujer que atendía el puesto de pescado frito a orillas del Mapocho, depósito los dos platos de fierro enlozados con senda presa para cada uno.
Quizás el hambre fue que me hizo vencer todos los escrúpulos y arremeter contra mi plato. Los hombres, al igual que mi padre comían en silencio.
El sol ya se había escondido tras el alto techo de la Estación Mapocho. La gruesa mujer quebraba las tablas de un cajón para incorporarlas al fogón que desde el suelo sostenía la oscura palangana de aceite caliente sobre la que  iba introduciendo nuevas presas de pescado. El color luminoso de las llamas parecía encender su rostro húmedo de sudor.  
Cada cierto rato, los microbuses, atiborradas de gentes solían detenerse unos metros más allá, inundándome de vergüenza por la mirada de sus pasajeros.
De pronto, mi padre se puso de pie y dijo:
-                     Vamos
Miré casi con sorpresa su plato vacío, pero cruzado por la enorme columna vertebral del pescado, en tanto yo recién había comenzado a entregarme al delicioso sabor de mi presa.
Me puse de pie presuroso y corrí algunos metros hasta ponerme a su lado.
-          ¿No pagó? – le dije mientras caminábamos presurosos.
-          No tengo plata – dijo tan sólo, sin detenerse.
Nunca he querido narrar a mis hijos aquel capítulo tan peculiar de mi niñez. Creo que jamás podrían creer que allí a orillas del Mapocho, en plena vía pública, se podía comer el más exquisito pescado frito de Santiago.

lunes, 1 de agosto de 2011

94- Los extranjeros por Grafitti

--- ¡Pasen, por favor!---ordena el capitán del restaurante.
    Mi madre y yo obedecemos. Ignoramos los comentarios de las personas que esperan ser llamados para calmar sus estómagos adictos a comer más de seis veces en el día. Quizás haya una inspección de la ONU y como somos los únicos negros en el lugar la gerencia quiere demostrar que en el país: Los negros calman el hambre primero que los blancos.
    Somos ubicados en el mejor sitio con vista al mar, nos ponen una jarra de agua con un Iceberg enfriándola y nos dan cada vez que se acercan a nuestra mesa una sonrisa sincera con sus miligramos de hipocresía.
Después de digerir los pollos de cuatro alas, los gigantescos trozos de queso que no podían sumergirse en  la mermelada de guayaba cien por ciento libre de productos desconocidos que producen el color marrón y las cervezas que no son amigas del agua, pedimos la cuenta.
    Para nuestra sorpresa no es el dependiente quien nos trae el importe sino el cocinero, el cual después de… ¿Les gustó el restaurante, cómo les fue el viaje? Esta comida la preparé para ustedes con mucho amor, aquí tienen mi dirección y recuerden “mi casa es su casa” dice tartamudeando sin mirarnos a los ojos(los ojos nunca mienten):
---Son ochenta pesos.
    Mi madre saca un billete de cien y le dice al cocinero con cara de gustarle las propinas de más de diez pesos que se quedará con el cambio.
---No, no, no. Son ochenta dólares. Los extranjeros pagan en dólares.
     Sin incomodarnos sacamos nuestras identificaciones y comentamos en coro:
---Ya tu lo dijiste, los extranjeros. Nosotros… somos cubanos.