miércoles, 6 de julio de 2011

37- La cena

Ed Marshall Jr., grita de satisfacción.
Todo un hallazgo y lo había encontrado precisamente él, nervioso volvía a leer en voz alta (nadie le oiría).
                                              
Lapin Soute (Conejo Sauto)
1 Conejo
2 Cebollas grandes
2 cucharadas de Harina
1/8 de libra de mantequilla
1/4 de libra de tocino
Tomates
Sal
Pimienta 
Laurel
Perejil
“Se pone un pedazo de mantequilla en una cazuela de hierro, y cuando está caliente, se le echa el Conejo cortado en trozos, dorándolo con el Tocino y las Cebollas también picadas. Se espolvorea con la Harina de Castilla, se revuelve y se le agrega una taza de vino seco y dos de agua caliente, sal y pimienta al gusto, perejil y media hoja de laurel, un diente de ajo y tres o cuatro tomates pequeños, se cocina a fuego lento durante dos horas." - Casi puedo saborearlo". Se dijo poseído de una gula titánica, mientras ojeaba las páginas.”

¡Un postre!... 
Caramels au chocolat (Caramelos de chocolate) 
1/2 libra de Chocolate, tipo francés
2 tazas de Azúcar
1/4 de litro de crema de leche al 40%
2/4 de litro de leche
1 cucharadita de Miel de Abejas 
“Se unen todos los ingredientes y se cocina a fuego lento, revolviendo sin parar... “
No pudo evitarlo, un espeso y maloliente líquido brotó de sus entrañas, ensuciando sus zapatos y parte de los pantalones. Molesto, lanzó la revista lo más lejos posible y continuó escarbando en el basurero con el sueño de encontrar algún suculento manjar. Ed Marshall Jr. era un hombre Extremadamente Refinado.

martes, 5 de julio de 2011

36- El cocinero y los pecados capitales por Atribulado

 “El comer y el beber han formado parte de la cultura de las más antiguas civilizaciones. Tribus y pueblos distinguían y agradecían a sus dioses la fuerza y los dones de los alimentos. Con el paso del tiempo todo ha cambiado. Por estos días sólo se rememoran y vigorizan las viejas costumbres en aquellos sitios en los que no impera la racionalización de la vida, ni el cálculo de las calorías, ni los fríos y distantes ambientes. Lugares mágicos en donde existe cariño y el cocinar sigue siendo un arte”. Este texto es la portada de la carta en mi restaurante. Cualquier estudio de marketing hubiera demostrado que no sería un negocio rentable, ni siquiera el hostal adosado aportaría mayores ingresos, pero me gustó y lo adquirí, deseaba atesorarlo aun sabiendo que sería difícil sacar frutos de él, ¿avaricia? Esta historia comenzó un viernes de verano. Él entró vistiendo un blazer azul, camisa blanca, jeans, mocasines negros y una brillante pelada natural.
─ ¡Buen día! ¿Tienes una habitación doble por el fin de semana?
─ Sí, tengo, puedes dejar tu auto en el garaje y luego pasas a registrarte.
Volvió minutos después acompañado por una mujer de andar felino. Ella llevaba una cabellera morena, rizada, recogida sobre uno de sus hombros. Blusa estampada con cuello bote dejando al descubierto su otro hombro. Grandes ojos negros cautivantes y una boca carnosa que parecía querer besar todo lo que se le acercara.
─ Ya completé el registro, fíjate si falta algún dato – eché un vistazo, el que acababa de dar fin a mí contemplación se llamaba: José Miguel y ella a María de la O.
─ ¿Les subo el equipaje a la habitación? ─ pregunté.
─ Sólo llevamos este bolso, no te molestes.
─ Como quieras. La habitación es la ocho, está subiendo la escalera, al fondo del pasillo sobre la izquierda.
Subieron. Discretamente terminé de ver a María de la O. Mediana estatura y, si bien su cuerpo no era exuberante, sabía cómo caminar para lucirlo. Diría que tenía lo justo, bien ubicado y unas caderas por las que un hombre se perdería. Por un instante sentí envidia de aquel hombre. No supe de ellos hasta la hora de la cena cuando entraron al restaurante. María de la O acaparó la atención de todos los que allí estábamos. Llevaba el cabello suelto, un vestido holgado color salmón y unas sandalias bajas de cuero. Se sentaron a la mesa junto al ventanal y frente al hogar de piedra. Les di la bienvenida y le entregué una carta a cada uno.
─ Disculpa, no quisiera comer nada pesado ¿qué me aconsejas? ─ dijo ella con un inconfundible tono andaluz.
─ Podría ser unos vol-au-vent de espinaca y de segundo una rodaja de salmón en papillote.
─. Sí, me parece una excelente elección, lo tomo.
─ Pues, a mí me traes un revuelto de espárragos trigueros con jamón y de segundo un medio solomillo con salsa Cabrales ─ el gusto de José Miguel no era nada especial.
Terminaron de cenar. Dejé pasar unos minutos y volví a la mesa.
─ ¿Desean tomar postres? ─ pregunté mientras recogía sus platos y cubiertos.
─ No, gracias, ya nos vamos a descansar ─ dijo José Miguel con  un tono cortante.
─ ¿Ha estado todo bien? ─ creí que algo no le había agradado.
─ ¡Sí, sí! ─ contestó José Miguel mirando a María como buscando su aprobación.
─ ¿Puedo invitarlos con un café, un té?
─ No, te agradecemos ─ se levantaron retirándose a la habitación.
Terminadas las tareas fui a dormir. En medio de la noche un fuerte ruido me despertó. Unos segundos después escuché gemidos, exhalaciones y suspiros. Por momentos parecía que la función acababa pero al rato todo volvía a comenzar y así una y otra vez. Hasta que el silencio de la noche se impuso y todo volvió a la normalidad. No recordaba haber sido testigo de semejante lujuria, aquello pareció una bacanal de deleites carnales. A las seis ya estaba en mi cocina para preparar los desayunos. Recibí todo tipo de comentarios picarescos por parte de mis clientes e incluso hubo quienes se quejaron. Sentí ira ¡recibir quejas de mis clientes por algo que yo no había provocado! María de la O y José Miguel se levantaron sobre el medio día y salieron. Pasé el resto del día pensando la noche que me esperaba si ellos volvían a montar el numerito. No tenía forma de evitarlo, ¿o si? Volvieron al hostal por la tarde. Sobre las diez bajaron para cenar. Me acerqué a la mesa como lo hiciera la noche anterior,  Antes de darles la carta él me dijo:
─ ¡Por favor!, dinos tú qué podemos cenar; tanto a Mariola como a mí nos tienes cautivados ─ la soberbia me invadió.
─ Espero no defraudarlos, iré a ver qué puedo ofrecerles.
Fui a mi cocina y después de unos minutos regresé.
─ Puedo ofrecerles un plato de portobello rellenos, flameados con coñac y una guarnición de rúcula con aceitunas negras, de segundo unas trillas en costra cítrica con rodajas de patatas cocidas al vapor y grilladas con aceite de oliva.
─ Pues, sí, sí, nos parece perfecto ─ dijo él mientras María de la O asentía.
─ Para beber les puedo ofrecer un Cabernet Sauvignon rosado de Navarra.
─ Claro, sí, perfecto ─ ambos estuvieron de acuerdo.
Llevé el vino, lo descorché mientras ellos seguían cada movimiento. Le serví a José Miguel para que lo degustara. Terminé de servirles y dejé la botella dentro de un balde con hielo para que mantuviera la temperatura adecuada. Bebieron y comieron como sibaritas pero aún les faltaba algo más.
─ Bueno, ¿qué les ha parecido?
─ Queremos decirte que no recordamos haber comido jamás así ─ dijo él.
─ ¡Gracias!, son ustedes muy amables. Para el postre les he preparado…
─ ¡No, no!, ¿pero nos quieres matar? Sería imposible agregar bocado.
─ Pero José Miguel, no seas descortés ─ ella se notaba tentada por lo dulce.
─ Tengo unos pinchos de dátiles, plátanos e higos, bañados con chocolate caliente.
─ ¡No me perdería eso por nada del mundo! ─ María de la O no pudo resistirse.
La gula…ese deseo desordenado por el placer de comer y beber ¡el pecado qué más disfruta un cocinero! Terminaron el postre pero aún les faltaba el toque de gracia. Dejé pasar unos minutos y volví con una bandeja con una botella de Coñac, una de orujo de hierbas y una de lemoncello que por fuera estaba totalmente escarchada.
─ ¿Me permiten convidarlos?
─ Creo que una copita nos ayudará en la digestión ─ él tomó un coñac y ella una copa de lemoncello.
Terminada la cena la pareja saludó, agradecieron una vez más y se retiraron a la  habitación. Rendido por tanto trabajo sólo esperaba poder descansar.  Esperaba que, gracias a mis habilidades gastronómicas, todos pudiéramos dormir sin sobresaltos. José Miguel y María de la O quedaron tan pipones que montaron su acto. Me sentí como el perro del hortelano pero había sido por el bien común. Sonó el despertador a la seis. Me sentí flojo, sin ganas de levantarme para comenzar las tareas. Habría dado cualquier cosa por un rato más en la cama pero no podía dejarme tentar por la pereza.

35- Nuevas recetas para la vieja Circe

Se parte el chocolate en trocitos y se coloca amorosamente en un bol o ponchera. A continuación se corta la rama de vainilla con cuidado, en una incisión longitudinal y limpia para extraer de su interior la ralladura. (Mientras nata y vainilla se calientan en el cazo, puedes aprovechar para acicalarte un poco; pero no te alejes mucho del fuego, pues una mala cocción arruinaría la receta.)
Con la cara aún humeante de emplastos y cataplasmas con que cubrir las arrugas, vierte en el bol la crema obtenida, justo donde espera el chocolate su unión más dulce, y añade aún la mantequilla y mezcla todo con cuchara de palo, que es lo adecuado para que el sabor se acentúe y no aparezcan resabios minerales, y luego guarda en la heladera el lapso necesario para que la masa adquiera la textura propicia.
Ese proceso lleva su tiempo, según la calidad del aparato en que la crema se puso a enfriar, y entre tanto puedes dedicarte a dibujarte los ojos, colorearte las uñas, acomodarte el pelo y colgarte unos aderezos con que alegrar la vista del esperado huésped. Cuida de no vestirte con el traje enlutado de los domingos hasta después de la siguiente operación, que es quizás la más comprometida, pues el éxito visual y estético del dulce depende en buena parte del tamaño con que se elabore cada una de las piezas. Ayúdate de una cucharita para amasar las bolitas de pasta y atiende a la capacidad de adherencia de las virutillas con que es preceptivo se adornen.
La colocación de las trufas no carece tampoco de importancia. Los moldes han de adecuarse con justeza a las dimensiones del contenido y alinearse en composición armoniosa sobre alguna bandeja revestida con paño de papel orlado. No atiborres la fuente de pastelillos bajo ningún concepto, por si el movimiento que su innata redondez les confiere es a veces demasiado brusco. Además, un espacio suficiente asegura que los dedos no se embadurnen del chocolate, sino que lleguen con facilidad y sin obstáculos a los flancos del bombón. Igual que te cuidas mucho de que el visitante consiga acceder, si ese es su deseo, a cada uno de tus esplendorosos pechos, que situaste bien simétricos asomando por el generoso escote apenas interceptado por una cruz dorada con que das a conocer tus castas intenciones.
Ya se acerca la hora de la visita y solo queda lavar a conciencia las manos para eliminar los posibles restos del cacao y cubrirlas del unto que elaboraste hace semanas, con almendra molida, miel y yema de huevo, pues no solo sirve la cocina para alimentar el estómago, sino también la vanidad de las mujeres, que es mayor con el paso de los años y la merma de la belleza. No olvides rociarte luego del perfume fabricado con el mismo fin hace semanas, hecho a base de clavos de olor y canela siguiendo la exquisita receta de la mismísima Cleopatra, que por qué no ha de servir para Delia Mañara cuando, con la misma astucia que la egipcia, lleva matados dos novios. Y, si notas que la mezcla de olores no es demasiado estridente, asperja la cocina con aquel ambientador casero de almizcle y hojas secas de lirio y de naranjo que atrae a los hombres y endulza el entorno.
Queda el detalle de no encender la luz hasta el último momento, pues, a pesar de la barrera de chocolate y vainilla y nata de ese pequeño ataúd oscuro con que los has recubierto ayudada por tus blancos dedos de cirujana mientras recordabas las canciones de Rosita Quiroga y paladeabas una minúscula copita de licor de rosas, bien sabes que intentarán escarbar entre el cacao y asomarán sus patitas por el revestimiento de virutillas, y luego el resto del caparazón y esas antenas negras que se le atragantaron a los dos anteriores por culpa de la lámpara que prendiste con tanta imprudencia.

34- Paseo culinario por la casa de mi abuela por Joselina

Querida Marité:
                         Espero te encuentres de maravillas al recibo de la presente. Yo estoy muy bien y comenzando mis vacaciones. Ahora tengo el tiempo para relatarte conforme a tu pedido cómo se vivía y qué se comía en casa de mi abuela malagueña, según contaba mi madre, aunque yo también llegué a conocer sus manjares.
            Como ya sabés, ella desembarcó en 1915 pero conservó su acento, su energía  y su gracia hasta sus últimos días, casi a fines de siglo.
                        A continuación va una semana completa de platos sencillos y cotidianos:
LUNES: Puchero a la española. Gordo el caldo, humeante, y el aroma se extendía por toda la casa. Recién hecho se servía en grandes tazones.
Luego aparecía la gallina trozada, los pedazos de falda de primera, la panceta, los chorizos colorados y los garbanzos.
Por último, las papas, batatas y zanahorias se partían y se aderezaban con aceite de oliva.
Todo se acompañaba con rebanadas de pan de la hogaza migosa y con olor a cebada.
Después, un pocillo grande de café bien cargado, y cada cual volvía a sus tareas.
Nadie dormía la siesta, se trabajaba de sol a sol.
MARTES: Como todas las mañanas, se habían recogido los huevos frescos y además, ese día se limpiaba el gallinero, impregnándose el aire de olor a plumas y excremento de ave, pero sólo por unos momentos porque mientras, de la cocina partía un aroma a caramelo y vainilla y desfilaban las budineras al horno para cocer los flanes de doce huevos.
Al mediodía, las Migas se enseñoreaban en la mesa. Eran cubos de pan fritos en aceite de oliva con ajos, dados de panceta y trozos de pecho de cerdo. Picantes al paladar y de aroma acre.
La comida era abundante pues todos eran de buen diente. Nunca había nada desabrido.
Después del consabido café, se continuaban las labores.
MIÉRCOLES: Bien temprano se remojaban en la tina, las sábanas y los manteles con jabón de soda para luego, refregarlos con empeño en la tabla de lavar y tenderlos al sol para que volvieran a lucir blanco-radiantes.
A las doce en punto, todos estaban a la mesa. Y, también... ¿quién iba a llegar tarde al encuentro con ese delicioso aroma a Tortilla a la española, con cebollas fritas, pimientos y chorizo colorado? Y la infaltable hogaza de pan fresco, a veces más crujiente y con restos de ceniza del rescoldo que, sabiamente, repartía la abuela.
JUEVES: Era día de Lentejas, que se habían dejado en remojo la noche anterior.
Con hierbas aromáticas y aceite de oliva se refregaba el caldero. Era un guiso de pararse la cuchara, sabroso, picante, con la inefable panceta, trozos de carne y codillo de jamón. La abuela bromeaba: Lentejas, lentejas, si las quieres las comes y si no, las dejas.
VIERNES: Pasaba el vendedor ambulante de pescado con su típico pregón y ese día, se lo comía en trozos, emborrizado (como ella decía) o rebozado (como se dice), y frito. Acompañaban el plato, ajíes en vinagre y ensalada de tomates y cebollas.
SÁBADO: Si tal vez el pescador había traído pulpos el día anterior, se comía una exquisita Caldereta con pulpitos, pimientos, tomates, cebollas y papas. Y el sabor del pimentón español, los ajos y el tomillo impregnaban ese pulpo de tal forma que, ni los más pequeños se podían resistir.
Por la tarde, se festejaba el ‘sábado inglés’, los hombres en el Café, tomaban algún aguardiente y agitaban alegremente el cubilete. Las mujeres, cambiaban sus labores de planchado, remendado y zurcido de toda la semana por algún fino bordado y alguna repostería. Además, había que bañar a los niños pues podía llegar alguna visita.
DOMINGO: Antes de partir para la Misa de once, se dejaba en la paellera las presas de pollo sofritas con los ajos, pimientos, arvejas frescas, cebollitas, el caldo de gallina hirviente y el azafrán para luego, al volver de Misa, echar el arroz y decorar con los morrones asados la estupenda Paella.
Toda la familia endomingada almorzaba feliz, tomaban un poquito de vino hasta los más chicos para decir ¡Salud!
Y después, algunos jugaban naipes, mientras degustaban masitas de miel y canela con una copita de oporto o de anís.
                        Bueno, querida amiga, conociéndote, estoy segura que se te habrá hecho agua la boca. Ojalá te salga buena la nota para la revista. Espero tus comentarios.
Te abraza 
                              Joselina

33- Paella para 23

Mi abuela me ha levantado pronto para ayudar. Las mañanas son para trabajar y hacer cosas en casa. Da igual que sean vacaciones. Ella es una persona muy estricta con eso.
Un vecino ha traído esta mañana un conejo; es para la paella que vamos a hacer hoy.
Nos juntaremos más de veinte personas, casi todos amigos de mis padres. Estos días así son una de las cosas que más me gustan en el mundo. Que mis padres inviten a muchos amigos y que se queden en el campo con nosotros varios días, para que siempre haya animación, cosas que hacer y la paella de rigor al fuego. Nos la comemos al aire libre, en la sombra y luego los mayores echan la siesta y nosotros nos bañamos en el río.
Es lo mejor del verano y del año.
El conejo está aún vivo. A mi abuela no le entusiasma matarlo, pero el vecino esta vez no ha tenido tiempo y lo ha traído sin arreglar. Así que, pone la zafa en el suelo y coge al conejo asustado por las patas de atrás y así, cabeza abajo, le da un golpe seco en el cogote.
Muerto al instante. No me ha dado tiempo ni a prepararme para mirarla como lo hace mientras sujeto la zafa. Siempre me sorprende con esa dureza suya. Se supone que es la abuelita cariñosa, ese gesto sin contemplaciones con el que mata al conejo o hace otras cosas, contrasta con la imagen que ella intenta dar.
No tengo mucho tiempo para reflexionar sobre estas cosas, mi abuela está pidiéndome que sujete bien el barreño para el siguiente paso. Agarra al conejo con fuerza y le hace un tajo de arriba a abajo. Las tripas salen a empujones. Es increíble que todos esos tubos y vísceras que ahora caen a borbotones en la zafa, haciendo una montaña, hayan cabido en la barriguilla del conejo.
Lo único malo de esto es que todo lo que sale del conejo huele mal. No me gusta ese olor a excremento tan intenso y extraño.
Ahora el conejillo está limpio por dentro. Mi abuela hace un corte en las pezuñas y tira fuerte de la piel que se va desprendiendo como quien quita unos vaqueros ajustados a alguien. (Como soy una niña supongo que lo comparo más bien con mi madre quitándome el pijama por la mañana).
Me pide que agarre yo las patas para poder, ella, tirar con más fuerza. Finalmente toda la piel cae en el barreño junto con las vísceras y el conejo está pelado. Parece que ha encogido y los ojos están más saltones que antes.
Tampoco se tarda mucho en hacer esto. Mi abuela lo lava y trocea. Nos lo llevaremos al campo para la paella que nos espera.
Mi padre nos recoge y subimos con el conejo a la casa del campo. Mi madre ya está preparando el fuego. La gente está por allí cada uno a su aire y otros van llegando. Un amigo de mis padres ha traído una gallina criada por él. Ya está arreglada y no paran de hablar de ella. Comer de esta paella va a ser todo un acontecimiento. Alguien prepara la olla para hacer el caldo gigante con la gallina, supuestamente, más sabrosa del mundo.
Mientras, todos hablan, ayudan a preparar cosas o toman cerveza. Se está muy bien. Y el caldo va dejando un rastro de olor cada vez más intenso. Es imposible no notarlo y nos vamos acercando a él poco a poco. Me dan para probar una cucharada.
¡Es increíble! Una de las cosas más buenas que he probado en mi vida. No sé con qué han alimentado a esa gallina, pero ella sí que nos va a alimentar a nosotros bien.
Mi madre está ya sofriendo todos los ingredientes en la paella: el conejo que he ayudado a arreglar, el ajo, los pimientos rojos, las judías verdes, los abones, el tomate... Llega la hora de ponerle ese caldo oscuro y denso a todo y echarle el arroz. Yo no me he perdido detalle, prefiero estar cerca de lo que se cuece que irme por ahí a jugar. Solo quedan veinte minutos y la paella estará lista. Nos vamos acercando a la mesa.
Mi madre y un amigo sacan la paella, ya hecha, del las brasas. El olor y la pinta son demasiado. Unos se sirven en un plato y otros comemos directamente de la paella. Así es como me gusta a mí, comer de la paella y rascar el socarrat.
Qué maravilla. Es lo mejor que he probado nunca. El caldo de la gallina ha sido un éxito y el conejo también. Así que yo he sido partícipe del resultado aunque sea un poquito.
Después de comer estamos todos satisfechos y contentos. Y como es tradición, jugamos con el tizne de la paella. Nos pringamos los dedos de negro tocando el revés de la paella y pintamos a los demás en la cara, el brazo o donde consigamos darles sin que se nos escapen o nos pinten a nosotros. Agotados y llenos nos sentamos de nuevo a respirar. Todos parecemos indios con la cara llena de rayas de tizne. Es hora de ir a darse un baño al río o pegarse una buena siesta los que han bebido mucha cerveza.
Y 25 años después recuerdo esa paella como la mejor que he comido nunca; y ese día como uno de los más agradables de mi vida. Y lo cuento en presente, como si fuera ahora. Me gustaría que fuera ahora.

lunes, 4 de julio de 2011

32- El desempeño familiar de una apañada cocina

...Hoy he decidido darle la vuelta a la tortilla y cambiar toda mi rutina en la cocina. Me doy cuenta que la cocina se ha convertido en algo que arrastro como una carga y que apaño día tras día con el mayor desinterés…
Hasta ahora y por la falta de tiempo de que disponía esta mama (dado su trabajo fuera y dentro de casa y la atención de su familia), hacía que invirtiera el mínimo tiempo en la cocina y había terminado siendo muy habilidosa en realizar distintos platos a  la vez, usando pocos cacharros e invirtiendo en todo el proceso un mínimo de tiempo.
Para hacer el cambio empezó con la planificación de las comidas y se dio cuenta de que eran de lo más rutinario, siendo los platos que menos guerra daban y mejor comían los niños los que realizaba de forma habitual llegando a ser demasiado repetitivos para todos.
...Hoy es lunes y los lunes son un día duro para todos, por lo que debo hacer cena ligera y agradable para los niños; que no estamos para lidiar con “esto no me gusta”. Hace calor pero está de tormenta y los niños no pueden jugar en el jardín, y habrá que entretenerles de alguna forma…
Sacó todos los ingredientes para hacer las albóndigas y preparó la carne a la que añadió además del huevo, sal, ajo y perejil y un poco de pan rallado, un poquito de orégano y nuez moscada pensando en su estómago que andaba dándole un poco de guerra últimamente.
Preparo también a sus dos hijos pequeños con un mandil y una buena lavada de manos. Cada uno estaba preparado para realizar a modo de manualidades esas albóndigas que tendrían formas mas variadas que las habituales. Daba gusto ver como se animaban uno a otro.
La hermana mayor, hasta ahora sin querer participar en la tarea pues estaba entretenida con sus pegatinas, sintió mucha curiosidad por aquello que estaba gustando a sus hermanos. Al observar la escena y no verse ella integrada en dicha tarea, pensó que no podía perderse participar de aquello. Decidió desempeñar un papel en esta actividad que le diera el estatus de hermana mayor que le correspondía y ella misma propuso a su madre que debía recoger a modo de reportaje o recetario aquellas comidas que iba a preparar con sus hermanos, idea que a su mamá le pareció de lo mejor y enseguida le ofreció papel y lápiz. Sobre la marcha, pensaron en recoger estas recetas en un cuaderno especial en el que además de la receta pondrían fotos e ilustraciones. De todo ello se encargaría la hermana mayor que empezó enseguida a escribir preguntando a su mamá y a sus hermanos por aquello que estaban realizando.
Mientras los niños estaba entretenidos haciendo las distintas formas y la hermana mayor les entrevistaba sobre lo que ya habían hecho, nuestra amiga pelo unos tomates, un par de zanahorias, media cebolla y unos dientes de ajo y lo puso a freír con un generoso chorro de buen aceite. Le añadió sal y una cucharadita de azúcar para paliar la acidez del tomate. Mientras se va haciendo la salsa, empezó  a freír las albóndigas teniendo especial cuidado para mantener algunas formas que de forma inevitable se ven un poco deformadas al pasarlas por la sartén. Una vez fritas y colocadas en una buena cazuela, le añadió la salsa de tomate después de batirla un par de minutos para evitar grumos y tropezones.
Los niños muy contentos con su nueva tarea en la cocina estaban expectantes con los resultados de su trabajo. Nuestra amiga mientras se cocinaban las albóndigas en su salsa, había hecho un arroz blanco que había sofrito primero para facilitar después la tarea de hacer los flanes. Los niños estaban ayudando a recoger. La hermana mayor quiso hacer alguna foto de la tarea antes de que se quitaran el mandil y se lavarán las manos.
Mientras que la mamá iba haciendo los pasteles de arroz usando un vaso pequeño como molde, los niños se pusieron a elegir los platos y preparar el escenario de la foto final de sus peculiares albóndigas que seguían haciéndose con su salsa de tomate muy lentamente y a la que la mamá había incorporado algún chorrito de agua. Escogieron los platos blancos para que se distinguieran bien las distintas formas de las albóndigas. La mamá fue colocando un par de flanes de arroz en cada plato y después previa selección de los más pequeños fue colocando las albóndigas con su salsa que a su vez adornaba los pasteles de arroz. Los platos estaban preciosos y los niños se esmeraron en poner la mesa para que pudiera su hermana hacer varias fotos con las que ilustraría todo lo que había escrito.
Se había pasado la tarde y hoy más que ningún día estaban todos deseando que llegara la hora de la cena. En ese momento llego el papá al que le relataron lo bien que lo habían pasado y le enseñaron sus resultados. El papá enseguida se impregno de la ilusión de sus hijos y quiso compartir con detalle todo lo que le contaban y le mostraban. La cena ya no podía esperar, todo estaba preparado.
Esta noche los niños tardaron mucho menos de lo habitual en ponerse el pijama para la cena, que disfrutaron en familia como la mamá había previsto, una cena de duro lunes, cena ligera y muy agradable para los niños.
…Esto ha resultado mejor de lo que esperaba y vamos a tener que repetir esto de vez en cuando, participando todos en la planificación e incluso la compra de los ingredientes para cocinar…
Esa misma noche el papá se había sentido un poco celoso por no haber podido participar de aquello y el mismo propuso repetir esto para realizar unas galletas que le salían muy bien a la abuela y que podría darles su receta. Una vez hechas invitarían a unos amigos para merendar.
De esa forma el sábado siguiente hicieron las galletas de la abuela con la peculiaridad de usar para realizar las formas, no solo un vaso de agua como hace la abuela para que le salgan las típicas galletas redondas, sino todos los moldes que tienen de un completo juego de modelaje de plastilina, por lo que salieron galletas con forma de estrella, de flor, de corazón, de delfín, de cerdito, de elefante y muchas otras formas.
Cocinaron también huevos rellenos de atún, canelones, paella, tortillas, croquetas (muy peculiares con formas redondas y también cilíndricas), boquerones… y todo tipo de platos que aunque tuvieran poca elaboración, todos acompañaban en el protocolo de elegir el plato, diseñarlo, planificar su compra y su realización y finalmente su degustación, todo ello bien recogido en el libro de recetas familiar que la hermana mayor iba rellenando solo cuando se trataba de alguna novedad, pues cuando la mama decidía volver hacer algún planto en el que los niños y el papa ya habían participado en su preparación, se incorporaban a su realización como rutina de obligado y deseado cumplimiento.
…Creo que he conseguido darle la vuelta a la tortilla de forma exitosa y estoy, no solo yo, sino todos los míos disfrutando de muy buenos momentos en la cocina. Me gusta ver a los niños divirtiéndose y aprendiendo con nosotros, y me encanta que se lo cuenten a los demás, como toda una hazaña y aunque no nos haya salido muy rica la comida final, ellos la degustan como si fueran los mas ricos manjares. Da gusto haber dado la vuelta a la tortilla…

31- Un toque de magia para el postre

            El horno de Santa Catalina era famoso por sus tartas. Todas tenían una masa esponjosa y las cremas de relleno con que se aliñaban les aportaban un sabor maravilloso y resultaban ligeras al paladar. Pero lo que realmente caracterizaba a aquella pastelería era el gustillo indescriptible de sus especialidades que las etiquetaba inequívocamente como “Made in Santa Catalina”. Lo que en principio nació como un pequeño negocio familiar, fue en aumento, los pedidos se sucedían desde los distintos rincones de la península y para abastecer la demanda fue necesario incrementar el personal hasta alcanzar los cuarenta empleados. Una vez que los clientes probaban alguna de las especialidades estaban perdidos, no podían resistir la tentación de seguir consumiendo sus productos periódicamente. Así, el horno gozaba de una fama bien merecida que la acreditaba como repostería de excelencia. 
            El negocio pertenecía a una pareja de curiosos personajes. Entre los reposteros más afamados del país se contaba la leyenda de que contrajeron matrimonio siendo muy jóvenes y que se querían poco, o nada, pero se mantenían unidos gracias a cierta fórmula magistral que heredaron de una bisabuela, una mujer con buena mano en la elaboración de dulces. Sin embargo, ni la gloria de la repostería ni los beneficios económicos que proporcionaba les satisfacía y vivían consumidos por una insólita tristeza. Unas marcas negras y profundas rodeaban sus ojos y cuando intentaban sonreír, su boca les devolvía una mueca de pena que sólo transmitía angustia.  A menudo aparecían taciturnos y soñolientos, y en más de una ocasión se les descubrió roncando apacibles en el almacén sobre los sacos de harina.
            Quiso la mala fortuna que los dueños murieran en un estrepitoso accidente  y el negocio pasara a manos de una sobrina por ser la pariente más próxima. Era una joven emprendedora que se propuso ampliar las instalaciones y el radio de abastecimiento del horno pero le faltaba lo principal: la receta mágica para fabricar los exquisitos dulces. Y es que disponía del recopilatorio de las especialidades pero no conseguía dar a las tartas el toque maestro que sus tíos aportaban, ese punto entre picante y agridulce que actuaba como reclamo del establecimiento.
            La nueva propietaria se devanaba los sesos intentando descifrar el enigma. Sabía que las proporciones en las que debía mezclar los ingredientes era crucial puesto que la primera hoja del dietario así lo indicaba: “Seguir las instrucciones al pie de la letra”. Y eso es lo que hacía. Con ayuda de una balanza de precisión, pesaba las cantidades de harina, huevos, levadura y demás componentes como haría un boticario al preparar sus depurativos. Pero el resultado fallaba. El sabor final de sus postres no era malo pero sí vulgar, nada los diferenciaba de la multitud de productos que invadían el mercado. Qué faltaba o qué sobraba era una incógnita. Poco a poco su clientela se fue reduciendo y el prestigio del Horno de Santa Catalina pronto cayó en picado.
            Cierto día mientras ajustaba el balance de un mes especialmente bajo en ventas, y cuando ya consideraba el cierre del establecimiento, ocurrió algo insólito.  El recetario cayó por azar al suelo y quedó abierto junto a su pie derecho por la página correspondiente a una tarta de menta y soja. Al levantarse de la silla las letras bailotearon de su lugar. La joven se frotó los ojos para aliviarse de lo que creyó un mareo momentáneo y se agachó para recogerlo; todos los signos regresaron obedientes a sus posiciones iniciales. Un tanto alarmada repitió la operación y observó que cuando se mantenía erguida y con el libro abierto a los pies, algunas letras aparecían en relieve y resaltaban sobre las demás pero el efecto desaparecía al acercarse y tomar el cuaderno entre las manos. Una luz iluminó su pensamiento: “Seguir las instrucciones al pie de la letra”. Eso era, debía leer las páginas estando de pie y manteniendo el libro en el suelo. Uniendo las letras destacadas se formaba una frase con sentido; la correspondiente a la tarta de menta y soja decía: “Añadir a la masa cien mililitros del brebaje”. Muy nerviosa, volteó las páginas adelante y atrás. En cada uno de los pasteles encontró mensajes parecidos, sólo variaba la cantidad a adicionar.  Quedaba descubrir la fórmula de la infusión mágica y no le resultó difícil; siguiendo el mismo procedimiento, la pícara bisabuela la había encriptado en la primera hoja del recetario.
            La chica leyó ansiosa el texto y cuando acabó no pudo contener una carcajada. Sus tíos no eran una pareja desgraciada, como todos creían, pero sí muy avara y velaban por su tesoro más preciado; por eso pasaban las noches preparando un mejunje no demasiado lícito que les provocaba el llanto. Muerta de risa, se dejó caer en la butaca estrepitosamente y comprendió la causa de los ojos permanentemente enrojecidos de sus familiares y su continua somnolencia; también el sabor extraño y la tendencia de la gente a repetir su porción de tarta.
            Las letras escritas en relieve que se mantenían escondidas entre la rebuscada dedicatoria de la primera página decían así: “Cocer medio saco de cebollas durante tres horas y filtrar el caldo. Añadir una muñequilla de adormidera y media copa de jerez. Concentrar hasta conseguir un líquido viscoso y miscible con la masa de harina”.

domingo, 3 de julio de 2011

30- Crema de Cebolla Gratinada por Michelín

Marta leyó la receta: una cucharada de harina, cuatro cebollas grandes, mantequilla, aceite, sal y pimienta. Cocer durante 20 minutos. Añadir nata, dos yemas de huevo, un  chorrito de vino y queso rallado. Gratinar al horno. Parecía muy sencilla y a su marido le encantaba todo lo que llevase cebolla. Así que prepararía un cena romántica y se lo diría. Le diría que había llegado el momento, que ya era hora y que no podía esperar más.
Sin duda, Luis se alegrará. Ya lo han hablado más de una vez, aunque siempre en futuro, condicional o subjuntivo. Nunca en presente, porque el presente nunca ha sido el momento oportuno. Hasta ahora. Pero ahora los dos están más cerca de los cuarenta que de los treinta y en cualquier momento se les puede pasar el arroz y el arroz, cuando se pasa, hay que tirarlo. Por eso, tiene que ser hoy. Le sorprenderá con una deliciosa Crema de Cebolla Gratinada y se lo propondrá, y luego harán el amor.
Volvió a leer la receta para asegurarse de que disponía de todo lo necesario. Eligió cuatro hermosas cebollas, cogió el aceite, la harina, la sal y la pimienta de uno de los armarios, sacó la mantequilla y los huevos del frigorífico, y fue dejando los ingredientes sobre la encimera. Por último, abrió el aparador donde Luis guardaba sus botellas de vino y escogió una. La descorchó y se sirvió un poco. El sabor le raspó el paladar. Demasiado caliente. Luis siempre decía que el vino hay que tomarlo del tiempo, pero ella prefería bebérselo fresquito, así que reservó un vaso para añadir a la crema y puso la botella a enfriar. Bastaría con sacarla un ratito antes. Luis no se daría cuenta de que la había metido en el frigorífico.
Le apetecía decírselo ya. Seguro que se ponía a dar saltos de alegría. Pensó en llamarle y contárselo. Quería escuchar su voz, pero a Luis no le gustaba que le molestase mientras estaba en la oficina. Además, últimamente estaba hasta arriba de trabajo y, cuando le llamaba, enseguida tenía que colgar. Mejor esperar y darle una sorpresa.
Comenzó a preparar la crema. Cada vez que pelaba cebollas, le venía a la mente su madre. Un día, cuando tenía 10 años, al volver del colegio, se encontró a su madre llorando. Desde el pasillo ya se la oía hipar y, cuando abrió la puerta de la cocina, unos grandes lagrimones le resbalaban por las mejillas. “¿Qué te pasa, mamá?”, le preguntó. “Nada, Martita, hija, son las cebollas, que te sacan toda la pena que llevas dentro”.
Recordó un truco que había visto en un programa de televisión. Llenó un vaso de agua caliente, le añadió un par de cucharadas de sal y lo colocó al lado de la tabla de madera donde iba a partir las cebollas. ¿Funcionaría? Se preguntó si existía una explicación racional o científica, pero no todas las cosas se rigen por la razón.
Partió las cebollas por la mitad y cortó cada mitad en trozos. Notó un ligero picor en los ojos, pero se le pasó. El truco funcionaba. Mientras pelaba las cebollas, pensó qué nombre le podría si era niño: Diego, Carlos, Luis, Alejandro, Jorge... No era la primera vez que lo hacía y siempre acababa eligiendo ese nombre: Jorge. Lo dijo en voz alta. Jorge Sierra Alonso. De recién casados los dos compartían ese juego. Ella proponía un nombre y Luis lo repetía con los apellidos de ambos: Sierra y Alonso, para ver cómo sonaba. Nunca conseguían ponerse de acuerdo. Acabó de pelar las cebollas y se llevó las manos a la nariz. Le olían muy fuerte. Se las lavó varias veces, pero no lograba que se fuese el olor a cebolla.
Puso una cazuela sobre el hornillo con aceite y mantequilla, y vertió en ella la cebolla troceada. Cuando se doró, añadió la harina, la sal, la pimienta y el agua. Empezó a hervir. La cebolla también era buena para el corazón, lo habían dicho en televisión, y a Marta el corazón de Luis siempre le había preocupado. Esa misma noche harían el amor y, ¿quién sabe?, con un poco de suerte dentro de nueve meses tendrían un niño o... ¿una niña? Seguro que Luis quería una niña, aunque ella prefería un niño.
El olor a cebolla se extendía por la cocina. Marta encendió el extractor. Nunca se acordaba de poner el extractor cuando cocinaba. Mientras la crema hervía, preparó unos platos con jamón y espárragos para acompañar la cena, y fue al salón. El sol todavía entraba por los ventanales, llenando la habitación de luz. Se sentó a ver la tele un rato. Cuando la presentadora dio paso a la publicidad, Marta miró el reloj, habían transcurrido los 20 minutos. Regresó a la cocina y bajó el fuego. Vertió la nata, las yemas y el queso rallado. Por último, echó el vaso de vino y dejó que se mezclase todo a fuego lento mientras lo removía con una cuchara de madera. Después, probó los restos que habían quedado en la cuchara. No estaba mal, pero un poco sosa. Añadió una pizca más de sal y lo puso en el horno a gratinar.
Faltaba poco para que Luis volviese de la oficina, pero ya no podía esperar más. Marcó el número de su móvil. No daba señal, estaría en el metro. Cuando salía tarde, siempre avisaba. Encendió la televisión. Nada interesante. Al rato la apagó. Debía de estar a punto de aparecer. Consultó el reloj. Entró de nuevo en la cocina y sacó la crema del horno. Tenía buena pinta y Luis no tardaría en llegar. ¿Y si era niña? Mientras ponía la mesa, pensó en nombres de niña. Carla, Patricia, Susana, Cristina... Cristina Sierra Alonso. Jorge, si es niño, y Cristina si es niña. Encendió unas velas. Se acordó de la botella de vino y la sacó del frigorífico. Estaba demasiado fría. Seguro que Luis lo notaba. Se sentó a la mesa, frente a la sopera, a esperar y mientras esperaba cogió un poco de jamón para matar el hambre. El salón se fue oscureciendo. Recalentó la crema y volvió a poner la televisión. Llamó a Luis, pero el teléfono al que usted llama se encuentra apagado o fuera de cobertura. Dio vueltas por el piso, abrió y cerró cajones, miró con recelo el teléfono, pero Luis seguía sin aparecer y poco a poco se fue comiendo todo el jamón.
Tuvo que dar la luz porque ya no se veía. Volvió a llamarlo, pero el teléfono al que usted llama se encuentra apagado o fuera de cobertura. Era tarde, y ya no quedaba  jamón. Pensó en preparar algo más para mantenerse ocupada mientras se cansaba de esperar. Se decidió por una ensalada con atún y aceitunas negras. Como le había sobrado una cebolla, pensó en añadírsela. A Luis le encantaba la cebolla. Volvió a llenar un vaso con agua caliente y sal y lo dejó al lado. Al partirla, de nuevo sintió un picor en los ojos, pero esta vez no se le pasó y una lágrima se estrelló contra la encimera. Cerró los ojos con fuerza antes de continuar, pero según iba troceando la cebolla, el picor se iba haciendo más intenso. Continuó partiéndola, prácticamente sin mirar lo que hacía, porque el picor le obligaba a mantener los ojos cerrados. Hasta que ya no pudo parar de llorar y tuvo que detenerse. Se secó los ojos con un paño de cocina. Abrió el grifo y dejó correr el agua, pero seguía llorando. Se lavó la cara y las manos, una vez, dos veces, pero todo le olía a cebolla. Volvió al salón y probó la crema. Estaba fría. Entonces oyó el forcejeo de las llaves en la puerta y se secó la cara rápidamente. Cuando Luis entró, un intenso olor a cebolla se extendía por toda la casa.

29- Caldo de vid y vida por Joe Mantel de Cuadros


     Caldo tibio que entras en mi boca, mis papilas gustativas despiertan de su dulce letargo, notas de frutos rojos y madera se mezclan dentro de ella.
     Tu aroma primario me recuerda quien eres, de donde vienes, tu fruto compuesto de hollejo, pulpa y pepitas…tu aroma secundario habla de fermentaciones de cómo las levaduras transformaron tus azúcares en alcohol. Recorres mis sentidos, estremeces mi cuerpo hasta llegar al aroma terciario que descubre tu bouquet generoso, tu esencia infinita, que perdura en mi boca maldita embrujada a tu encanto, sucumbe a la tentación de otra copa.
     Admiro tu color rojo purpúreo, intenso y vivo, se debe a los antocianos, te digo observándote en la copa de cristal, removiéndote y dejándote reposar; Mis pupilas se dilatan mas y mas ante el color y la agraciada caída de tus lágrimas.
     Me hablas de mi tierra, del Sol, de la historia que me contaba mi abuelo cuando era niña…El Sol se enamoró de la tierra que le dio la uva, los hombres recelosos se la arrebataron, la prensaron, depositaron su mosto en cubas y en barricas, así descubrieron el vino con el que hoy brindamos y que un día perteneció al Sol.
    Miro en tu fondo y veo en el reflejo a mi abuelo, cortando tu fruto manualmente, con su sombrero de paja bajo el sol de septiembre, en esta tierra cálida, con alpargatas de esparto y ese cesto de mimbre que poco a  poco se llenaba de racimos.
     La vaga imagen de aquellas mujeres pisando el fruto, mientras bailaban y cantaban. Se agradecía la vida porque en este universo todo esta relacionado. El tractor, las tijeras y las espuertas, la bota de vino para echarle un trago, el almuerzo de pan y tomate, parece que ha pasado una eternidad.
     ¡Ay brebaje delicioso! Si hasta bendecido eres la divinidad hecha sangre, lo dice el párroco de mi pueblo “Tomad y bebed todos de él porque este es el Cáliz de mi sangre…”.  Y qué decir del médico, también le has caído en gracia, te recomienda a los mustios pacientes, que si eres antioxidante, que si anticoagulante, para el corazón, y una retartalillas de cosas más. La verdad nunca costó tan poco cuidarse.
     Aquí estoy en mi sillón de brocado, descalza, paladeándote despacio, lentamente, haciéndote mio en silencio. Creo que un poco chispada, serán los taninos que se hallen en mal estado, sigo enredándome en mis recuerdos, reviviendo una cultura adormecida. Nacida y criada en la cultura del vino que por desgracia parece haberse perdido, esa zozobra me encoge el alma.
     Los tiempos han cambiado, tú también has evolucionado, pero tu esencia es la misma. Podrías acompañar el plato mas exquisito o la sencillez simplificada, una obra de arte, un vino, mas hoy acompañas mi mesa.

viernes, 1 de julio de 2011

28- Talbot por Lemosín

Poco antes del cierre definitivo del restaurante me llegó la súplica de Christophe. Es lo único que te pido, por favor, hazme caso y llama a Michèle. ¿Michèle?, ¿Michèle en un restaurante de Madrid? Te digo que ella sacó adelante el Talbot en Dublín en los 80; ¡el Talbot!, ni más ni menos. Cuando ya parecía un viejo club de jazz con aperitivos. ¿Cómo levantó al Talbot? Otra vez la misma historia. Christophe estuvo allí en aquel tiempo. Nunca te correspondió, Christophe, pero no dejabas de mirarla entrar y salir de la cocina golpeando las manos e imponiendo su disciplina, ¡alé, alé, Je suis deg! Mientras tú pensabas que lo menos importante era levantar el local, Christophe. ¿Qué era lo que más te atraía de ella? Arriesgo que sus ojos verdes, su piel Francia y la chispa esa de inteligencia.
            Fue el día que la vi en la despensa, me corrige Christophe. Ese día creo que todo se me dio vuelta. ¿Me entiendes? No sé cómo explicártelo, pero hay veces que todo es una cuestión de tiempo. Ahí está la clave, ¿sabes?, en el tiempo. No cualquiera lo comprende. Pero la vi, dice Christophe, como siempre murmurando en francés. Pero estaba sola esa noche, y teníamos un follón de tres pares de cojones ¿sabes? Sobre una de las estanterías la vi colocando unas cerillas. ¡Unas cerillas, sí! Apilando cajas de cerillas. Entonces comprendí todo este rollo del tiempo; aunque no sé si es comprender, porque si uno comprende puede explicarlo, y yo... Michèle acomodando cajas de cerillas en las estanterías de la despensa. Esas piernas, esa piel, los músculos que ascendían hasta perderse debajo de la falda…, pero todo eso ¿cuánto puede haber durado? Le pongamos… unos dos minutos ¿sabes? ¡Así que un buen follón teníais montado! Sí, uno bueno, la gente estaba muy inquieta al principio. Después salí a la sala, el Talbot tenía una sala enorme, más de cuarenta mesas ¿sabes? Pero todos tenían su Presentation, ese invento de Michèle. ¿Y ahora… esas piernas? Bueno, no te creas, ya han pasado sus años ¿sabes? Pero Michèle sigue siendo Michèle. ¡Un buen follón! Claro, pero cada uno con su Presentation, y todo el mundo muy calmado. Quiero decir, follón en la cocina, no follón en la sala. ¿Os habéis apañado bien, entonces? Te digo que es una cuestión de tiempo. Llenábamos la sala todas las noches. La gente estaba encantada, los críticos me lo repitieron varias veces “vaya nivelazo que habéis logrado”. ¿Iban a quitaros una estrella, no? Las mantuvimos. Imagínate: el Talbot. ¿Entonces, tú crees que al chico filipino…? No hace falta que lo quites, solo trae a Michèle. Te digo que es una cuestión de tiempo.
            Creo que es una tontería, Christophe, eso del Talbot… yo tengo otra idea de las cosas. Creo que eran buenos muchachos aquellos; muy buenos cocineros, nada más. Christophe ha ido a cerrar la puerta de la oficina. Ahora se ha quedado mirándome, de pié, la mano sobre el respaldo del sillón. Tienes que saber una cosa, me dice, eso de la Presentation no era más que un aperitivo. La cosa está en saber cuándo se lo tienes que dar al cliente; cuándo tiene que probar el vino; cuándo, exactamente, tiene que llevarse a la boca cada pieza. Es una cuestión de tiempos, entonces. Es lo que te estoy tratando de decir. Luego de las cerillas, ¿qué pasó? Pues allí habrán entrado unos veinte minutos, sin más. ¿Veinte? Sí, veinte minutos en dos minutos. ¿Qué coño quieres decir? Habré estado unos veinte minutos con Michèle allá abajo, en la despensa; ¡pero hubiera jurado que eran dos! O sea que lo hace con la digestión de las comidas. Puede ser, pero es como si te quedaras… como si el tiempo se comprimiera y ella lo metiera en un tiempo más pequeño. ¡Vaya! Pues sí, sólo te pido que lo pruebes.
            Ahora Christophe ha salido de la oficina y ha ido a la cocina. Ma ha dejado con una Presentation de berenjenas, de lo más simple. ¡Vaya socio me he buscado! Esa teoría se la había oído poco después de llegar de Irlanda, detrás de Michèle, que parecía tan indiferente a todo, tan metida en lo suyo. Esa mujer vuelve loco a cualquiera, pero quizás la llame. Un último intento para no cerrar el local. La recuerdo en aquella cena, en casa de Chistophe, justamente, con aquel sencillo quiché loraine y estofado de ternera. ¡Vaya combinación! Pero… ¡si estaba delicioso aquello…! Joder, pero si esa noche le propuse a Christophe que se asociara al local.
            Ha entrado Christophe con una cazuela humeante. Prepárate, me dice. ¡Una merluza! Ya verás. Christophe me ha dejado solo y ha bajado a la cocina otra vez. ¡Todo ese rollo del tiempo! Yo le había dicho hace un momento: pero… ¿qué habéis hecho en esos veinte minutos allá abajo, en la despensa, con Michèle? Nada de lo que hubiera querido: elle m’a mis un vent, ¿sabes? Pero me ha enseñado una combinación. ¿Una combinación? Sí, combinar la Presentation con la comida, con el tiempo, hay formas de combinarlas, cada una con su tiempo. Otra vez ha entrado Christophe, ahora ha traído un caldo de verduras y me lo ha dejado sobre el escritorio. Ha retirado la cazuela vacía. ¡Vacía! Está mirando el reloj.
            ¡Coño! Es que esto es la hostia. ¡Joder, Christophe! Te lo dije. Oye, ¿sabes una cosa, tío?, ahora me estoy acordando de algo. Hace años, le cuento a Christophe, cuando era un chaval; fui a una sesión de yoga, te cuento: era una tía en plan guay, ya te la puedes imaginar. La cosa es que me enseñó a meditar; con un mantra o chorradas de esas, sentado, en la postura de la flor de loto y eso. ¿Sí? Sí, ya sé que no me ves en esas cosas, pero tú no sabes, Christophe. ¿Y entonces? Nada, simplemente que la tía me dijo que ya había pasado la sesión: ¡una hora y media! ¿Una hora y media? Sí, pero para mí eran dos minutos, a lo sumo, no sé. Es raro. Es muy raro, joder.
            Pero entonces, le pregunto a Christophe, ¿la comida también tiene que ver? Claro, joder, claro que tiene que ver, ¿no ves el sabor que te ha quedado en el paladar? Sí, el sabor, ¡hostia, el sabor! Es lo mejor. Sí, es lo mejor. ¿Y cuánto tiempo ha pasado? Pues habéis esperado treinta minutos el caldo. ¡No me jodas! Ya te digo, pero eso es lo de menos. Lo importante es el sabor, es como si se fuera formando ¿sabes? ¿El sabor? Sí, se va formando: es como un cuadro, como capas de sabores que se van montando una sobre otras. ¿Y nadie más lo hace? No, tío, nadie, solo Michèle: son unos bestias, ¿te imaginas?
            Y en el Talbot, ¿por qué no habéis continuado? Oye tío ¿sabes? A ella, al final, se le fue un poco la cabeza con todo este rollo. ¿Sí? Es decir, comenzó a experimentar más y más, con los propios clientes… ¿Experimentar? Claro, tuvimos clientes horas enteras, incluso días enteros… ¿Días enteros? Sí, en el reservado; Michèle descubrió combinaciones, ¿sabes? que tenían a la gente hasta una semana sin notarlo, pensando que había pasado una hora, por ejemplo. Además, no es solo el tiempo: es el ritmo, es como una especie de música… es el color, el oxígeno, es todo…
            Christophe me dice que es mi socio, que no quiere que cierre el local. No me ha hablado de esto antes porque conoce los peligros. Sabe que Michèle no va a parar, que han tenido que huir de Dublín. No sé, es todo tan complicado

27- La venta del yantar por El Arco Iris

La venta del yantar, como rezaba el letrero que tenía encima del dintel de la puerta de entrada; estaba enclavada en un cruce de caminos. Metida en el valle del ciclón, término municipal del pueblo de la  Jara.
                Se trataba de una construcción antigua, en otros tiempos había sido posada en la que se hospedaban gentes de toda laya; salteadores de caminos, traficantes, prestamistas.., y otros de los que había que tenerle mucho ojo.
                Sus historias se contaban apasionadamente por personas mayores, oídas de sus protagonistas que tartamudeaban por la emoción al recordarlas o leer las que fueron inmortalizadas por escritores atrevidos.
                Pendencias; en las que perdía la vida cualquiera de los contendientes; violaciones, atracos, secuestros, torturas... por dinero o por el placer de someter a su antojo, al tratarse de gentes con posiciones económicas, sociales y políticas solventes.
                Estaba situada en un lugar de encanto, donde se podía  disfrutar  de  un microclima extraordinario. Pasear por ese valle o por la montaña que lo rodeaba, era un impacto extraordinario que removía a los duendes, enfrentándolos  al ánimo al que daba motivos para ver la vida desde la más pura fantasía.  Los inviernos y veranos, eran primaveras rodeadas por los hielos y el calor que se paseaban en sus límites.
                Además de por su emplazamiento y sus historias; era conocida por su cocina exótica, que según se vanagloriaba la señora que la regentaba, estaba basada mayoritariamente en productos de la huerta, el invernadero, el corral o granja, el valle, la montaña, sin despreciar los que llenaban los mercados a rebosar.
                La  señora había construido algo especial como resultado de una imaginación privilegiada,  tan lúcida y avanzada en el arte culinario que era muy difícil, el poderla superar. El olor en su cocina ablandaba los sentidos sin que hubiera un resquicio para la evasión. Había conseguido impregnarla con los condimentos que solamente ella era capaz de clasificar y acopiar en los momentos adecuados.
                La sensación que se percibía al meter la nariz en su reino, era de extrapolación a los confines donde fueron inventados los cuentos prodigiosos. No faltaba quién hablaba de hechizos que en su cocina castillo ella preparaba, para hacer la vida más alegre a sus clientes y amigos. 
La Tía Muda, -que así la llamaban- era tan  especial como los guisos que fabricaba, el que estaba cocinando en ese instante, no tenía una composición de materias primas que pudieran  incitar el  apetito  viéndolas por separado; pero  cuando eran  preparados conjuntamente  con su condimentación, si que lo eran. Varios  de los clientes pidieron comer de aquel guiso que les mordía el apetito, por la aroma que llegaba hasta el comedor; quedaron muy preocupados cuando vieron de que se trataba, se miraban sin salir de su asombro e incredulidad, simplemente lo que le habían servido eran unas patatas guisadas con caracoles -criados en el corral- que habrían el apetito con su olor en cualquier persona reconocidamente inapetente.
                -¡Patatas con caracoles!
                -¡Qué barbaridad! -Exclamaron varios de los comensales.
                -¡Venga, venga! -Acució la Tía Muda al ver que adoptaban una posición de duda sobre si meter la cuchara en la comida o negarse a comer. Después de esa vacilación se decidieron y esta vez las exclamaciones de los que habían probado el guiso eran contundentes.
                ¡Esto es una exquisitez!
                ¡Pueden tomarlos con plena confianza, estos caracoles han sido sometidos a un proceso
de limpieza total de la baba y la porquería que acumulan dentro de ellos!
                En diferentes puntos de la sala comedor un ejército de floreros; conteniendo hermosos ramos de rosas, claveles, margaritas, azucenas, nardos, lilas..., un conjunto de bella estampa donde se mezclaban aromas que embriagaban con su fragancia. Flores conseguidas  en  un  rincón de  la huerta que era adornado por un jardín maravilloso y fantástico,  encerrado  en  el  invernadero que aseguraba que las flores la despertaban cuando había llegado la hora que debían nacer.
                La Tía Muda, disponía de muchos recursos, entre ellos el de tener sensibilidad, para hacer que su ingenio convirtiera espacios y artículos poco atrayentes, en verdaderos lugares de ensueño y manjares insuperables, que hacían las delicias de cualquiera que tuviera la oportunidad de degustarlos.  
                Junto a los que atacaban con rabia a los caracoles con patatas, había otros que estaban enfrascados en dar cuenta de una tabla de mariscos de la mejor calidad, donde se mezclaban las langostas, las cígalas, los bueyes de mar, centollos, pulpos, percebes, almejas, mejillones...
                Al lado, otros que se chupaban los dedos de gusto al saborear las carnes que les habían sido servidas; ternera, venado, jabalí, cordero, aves, conejo, perdiz... y salsas adecuadas a cada uno de los platos, cocinadas cuando habían sido maceradas y aderezadas, con los condimentos adecuados donde no faltaban las hierbas aromáticas, que según insistía la Tía Muda eran las mejores del mundo. 
                Lo mismo ocurría con los pescados; azules o blancos, de río o de mar, cocinados en cualquiera de las muchas formas de hacerlo, con la aportación de la Tía Muda que le daba  un  toque único, no cabe duda que era un deleite para el paladar saborearlos.
                Pero no solamente atendían los que se definían  como  manjares exquisitos, también daban recetas válidas para situaciones límite, que ponían en platos adornados en cada mesa, con la consiguiente extrañeza de los clientes.
                -Un cocido; sin aportación de cerdo, ni otras carnes, puede ser apetitoso si al empezar a hervir, le echamos el aceite muy batido mezclado con agua, algo de verdura... y rama de hierbabuena.
                -Si no hay arroz, valen los cereales, (trigo, centeno…) se mojan unas horas, se raen hasta que pierden el pellejo, -afrecho- luego se tronzan, se guisan con los mismos condimentos que se le ponen al arroz, lo que resulta, se llama casi arroz y un gran fundamento alimenticio..
                -Las migas pueden hacerse de harina de cualquier cereal cernida, -incluso de bellotas-  si no hubiera harina. Remojar la harina sin excesos, ajos fritos en el aceite y siempre en un fuego más bien lento ir moviendo hasta su terminación.
                -Gazpacho; ajos, sal y habas remojadas y peladas, machacar y batir añadiendo el aceite poco a poco, se consigue una masa parecida a la mayonesa, se le echa el agua y se le miga pan tostado, para darle un mejor sabor.
                -La tortilla española; reina de las fiestas, se  hace con  patatas  y huevos y se le puede añadir cualquier producto hortofrutícola si se desea bien mezclados.
                -En economía de subsistencia; materias deficientes pueden dar un buen juego si se cocinan con esmero, igual que un edificio, con materiales raquíticos pueden dar obras extraordinarias.      
¿Cómo  era  posible ir a pasar una velada de ensueño y encontrarse con una receta en el bolsillo, para cuando llegaran las vacas flacas? -La mayoría de las personas alucinaba.          
                ¡Nadie podía creer el atrevimiento de la responsable de aquella casona, donde lo más importante que les había ocurrido a todos los que se atrevieron a degustar sus platos, fue el ser atendidos con deferencia y obsequiados con los mejores manjares nunca jamás ingeridos!
                ¡Una tremenda gozada! ¡La mezcla de conceptos inimaginables; atención, calidad, bondad... potenciaba los sentimientos de aceptación plena de los que habían vivido aquella velada, al tener la suerte de encontrarse inmersos en aquel paraíso!

26- Frijoles refritos por Sentli

Me desperté con tanto silencio. En el rancho de la abuela siempre hay sonidos revueltos volando en el aire, mi mamá dice que la orquesta de animales nunca descansa. Por eso me pareció raro no escuchar nada: grillos, ranas, vacas y gallinas habían enmudecido de repente. En medio del silencio, el rugido de mi estómago sonó como ráfaga de ametralladora.
Decidí ir directo a la cocina, a las seis de la mañana la única despierta sería mi abuela, no tenía sentido despertar a mamá, ella no sabe cocinar.
Un olor a frijoles refritos y tortillas recién hechas llenó el ambiente. Mi estómago enloqueció; los frijoles son mi comida favorita, sobre todo cuando están fritos con manteca ¿los han probado con crema, queso adobera y pedacitos de tortilla? Les aseguro que es una comida celestial.
La cocina estaba vacía, pero vacía de verdad, ni abuela, ni comida por ningún lado. Y yo con tanta hambre.
 Entró un olor por la ventana, el aroma de las galletas horneadas en el fogón de piedra era mejor que el de los frijoles, parecía un día especial porque mi abuela usa el fogón raras veces, ahora sólo cocina en la estufa.
Sentí el hambre extendiéndose por todo mi cuerpo, tenía hambre de la cabeza a los pies.
No pude abrir la puerta para salir al corral, tampoco pude abrir la puerta principal, es una vergüenza que un niño de nueve años no pueda abrir unas puertas, pero les aseguro que intenté todo y no logré nada. Estaban como pegadas con cemento.
Tuve que ir a despertar a mi mamá, mi orgullo se resistía, ya me imaginaba la voz de mamá diciendo: todavía eres un niño pequeño que no puede abrir la puerta. El hambre era insoportable, corrí al cuarto de mi mamá y… no había nadie.
Nuevos olores se esparcieron por el aire, olor de miedo, pólvora y sangre; recordé a los hombres, las pistolas y la muerte. Recordé las balas entrando en mi cuerpo abriendo paso al dolor.
El dolor se fue, el rancho huele a vida y yo tengo un hambre de muerte.